OpiniónMartes, 6 de octubre de 2020
Basta de cuentos de hadas: el político es egoísta
Raúl Labarthe
Investigador y analista económico

Ya nos debería de haber quedado claro que vivimos en los tiempos de la antipolítica y la antidemocracia. Con PPK aprendimos que buenos profesionales y técnicos no reemplazan a buenos políticos. Con Vizcarra la lección es que el desprestigio de los políticos lleva a la capitalización del autoritarismo y del descontento popular por parte de caudillos mediocres y circunstanciales. Pero frente al desprestigio de los políticos, me pregunto si los peruanos nos habremos planteado honestamente la siguiente pregunta, ¿realmente entendemos lo que significa ser un político?

Lo que debemos hacer es construir el sistema político de manera tal que exista un conducto regular para los políticos exitosos, de manera que, en su legítimo interés de ascender en las esferas del poder, no tenga los incentivos para corromperse o comportarse de manera antidemocrática.

Según la escuela de pensamiento de la elección pública o de public choice, fundada por el premio Nobel de James Buchanan, los funcionarios públicos actúan de una manera muy diferente a como constantemente los juzgamos en la discusión pública nacional. Por alguna razón, a pesar de que sabemos que en el mercado las personas y las empresas buscan maximizar su utilidad, cuando pasamos a hablar del sector público, creemos que los tiburones se convierten en ángeles y que el agua se convierte en vino: por alguna razón insistimos en creer que buscan, o deberían buscar, el interés general y el bienestar de todos nosotros.

Todo nuestro sistema político se construye sobre la confianza en que los políticos son actores abnegados y benevolentes que deben cuidar del pueblo y guiarlos hacia el desarrollo. ¿Cómo nos está pagando partir de este supuesto? La cosecha está a la vista de la crisis política que hoy vivimos. Bien nos haría en estos momentos de tantas reformas políticas considerar cambiar nuestros supuestos de manera fundamental. Los políticos y los funcionarios públicos son seres humanos tan ambiciosos y egoístas como cualquier actor en el sector privado; persiguen su propio interés al igual que los empresarios y los trabajadores, y buscan su éxito a través de aumentar su esfera de poder y su popularidad, y si es posible reelegirse.

Pero así como construir un edificio basado en supuestos equivocados respecto a las leyes físicas lleva a un colapso de la estructura, lo mismo sucede con los sistemas políticos. Un supuesto equivocado sobre cómo funcionan los políticos, nos lleva a un mal diseño, y a resultados ineficientes: corrupción, mala gestión y crisis política. Ahora bien, ¿esto implica resignarse a la corrupción o a la mercantilización de la política? Ni mucho menos.

Lo que debemos hacer es construir el sistema político de manera tal que exista un conducto regular para los políticos exitosos, de manera que, en su legítimo interés de ascender en las esferas del poder, no tenga los incentivos para corromperse o comportarse de manera antidemocrática. Un buen sistema político, como funciona en las democracias más desarrolladas, como en Estados Unidos, Alemania e Inglaterra, se sostiene sobre estas premisas.

La gobernabilidad que tanto añoramos en estos momentos de crisis políticas continuas, no se obtiene a través de buenos hombres y “gobiernos de lujo”. Si seguimos con cuentos de hadas, la corrupción seguirá siendo un lastre, porque frente a la postura de escandalizarse frente a cualquier negociación política o juegos de favores, se termina generando que el político no encuentre ningún camino para encausar legalmente el ejercicio de su legítimo interés: más votos, más poder y más popularidad.

Por supuesto que las reglas de estas negociaciones deben ser muy claras y transparentes, y la población tiene que aprender a respetar estos pactos. Tal vez cuando entendamos esto dejaremos de llamar a cada pacto político como una “repartija”, un “blindaje” o un “obstruccionismo”. Todas esas expresiones sólo demuestran una cosa: una gran hipocresía, una incomprensión de la labor política, y un desprestigio de la esencia de la democracia. Si no nos gustan dichos pactos, para eso están las urnas.