EditorialMiércoles, 7 de octubre de 2020
¿Paridad de género en el gabinete?

La igualdad de genero en los espacios públicos es una que ha avanzado ciertamente desde los valientes movimientos -en el mundo entero- de sufragistas hasta momentos como este en donde mujeres ocupan las máximas posiciones de poder en potencias mundiales y en nuestro propio país. No cabe duda de que hay amplios espacios en los que falta mucho camino por recorrer hacia la igualdad. Y frente a ese camino se plantea, como mucha frecuencia, un debate: si es que el Estado debe o no tomar medidas de cara al problema cuando -dicen voces desde la otra orilla- el mercado se ha ido encargando de resolver el problema espontáneamente sin la intervención del Estado en absoluto.

La propuesta de tres congresistas con respecto a la paridad de género que por Ley buscan imponer en el gabinete no es uno de estos casos y nos parece que haría tremendo daño al buen gobierno y a la administración pública de aprobarse.

En El Reporte creemos que lo más probable es que la verdad se encuentre entre la escala de grises que ambos extremos plantean. Hay situaciones meta mercado en las que el Estado puede -en algunas debe- intervenir, pero siempre con una vocación a desaparecer en el tiempo una vez que la asimetría se resuelva. La propuesta de tres congresistas con respecto a la paridad de género que por Ley buscan imponer en el gabinete no es uno de estos casos y nos parece que haría tremendo daño al buen gobierno y a la administración pública de aprobarse. Cuando una política afirmativa se aplica en donde la competencia ya es libre se convierte en un puro acto de discriminación. Este es un caso así.

El gabinete y los altos puestos públicos no cargan con la situación de la educación secundaria, por ejemplo, en donde con especial énfasis en zonas rurales las niñas abandonan sus estudios para trabajar. Tampoco existe -ni en el gabinete ni en los altos cargos del estado- las mujeres una limitación cultural o social para el acceso a estos puestos. Y a los ejemplos nos remitimos: ha habido no solo muchísimas ministras y mujeres en altísimos cargos, sino que muchas presidido el gabinete y tentado la presidencia de la República. Lo han hecho por sus méritos -y por haber nacido en ciudades ajenas a la discriminación estructural que podía haberles impedido educarse- y no necesitaron de ayuda.

El gabinete es el máximo ente de toma de decisiones del poder ejecutivo y los altos cargos controlan los hilos del poder que mueven al Estado. Que un presidente -o un ministro- tenga que recortar a la mitad sus opciones a la hora de elegir a quien le confiere un cargo de alta responsabilidad debido a su sexo no tiene sentido. Deben ser la capacidad y la meritocracia los únicos elementos que se tomen para decidir quién llega a qué posición en las más altas esferas de poder del país: estas son una isla en donde el tiempo ha derogado la necesidad de una acción afirmativa por parte del Estado. En un terreno en donde las mujeres han triunfado ya y sin regulación, regular es absurdo y discriminatorio.