OpiniónDomingo, 11 de octubre de 2020
Un nuevo tablero para el Tío Sam
Adriana Tudela
Abogada. Ex asesora parlamentaria. LLM por la Universidad de Chicago

Uno de los temas más importantes sobre los cuales está girando el debate electoral en los Estados Unidos es la decisión del presidente Trump de nominar a la jurista Amy Coney Barrett como reemplazo de la recientemente fallecida Ruth Bader Ginsburg en la Corte Suprema.

Tal decisión ha generado un radical rechazo entre los liberales norteamericanos, quienes veían en Ginsburg no sólo a un ícono del feminismo, sino al más notorio miembro del bloque liberal dentro de la Corte, el cual pasa de ser casi mayoría a estar en desventaja con la triste partida de Notorious RBG.

Lo que está ocurriendo no tiene precedente: hay un gran sector que ha dejado de creer en sus instituciones -aquellas que los han llevado a ser una nación excepcional- si es que no les son útiles para sus fines ideológicos.

Por eso no es ninguna sorpresa la resistencia del sector liberal hacia la que sería la tercera nominación que le toca a Trump desde que fue elegido en el 2016. La primera de ellas fue en el 2017, cuando tras la muerte del conservador Antonin Scalia, Neil Gorsuch fue elegido para ocupar su lugar. Luego, en el 2018, Brett Kavanaugh fue nominado tras el retiro de Anthony Kennedy, cuyas decisiones solían alinearse con las del bloque liberal.

En ese contexto, esta última nominación cobra particular relevancia porque termina de reconfigurar la tendencia de la Corte, creando una sólida mayoría conservadora. Esto explica las afiebradas críticas vertidas contra la jueza federal Amy Coney Barret en la prensa y medios liberales.

Sin embargo, lo realmente preocupante es que el Partido Demócrata pretende desconocer la legitimidad que tiene Trump para nominar al reemplazo de Ginsburg. Para hacerlo alegan que están en un año electoral, cuando lo cierto es que en Estados Unidos los presidentes son electos para ejercer sus funciones por cuatro años -no menos- y que esta no sería la primera ni última vez que se han hecho nominaciones y en un año electoral.

Asimismo, son alarmantes los llamados de los sectores radicales del Partido Demócrata para, en caso ganen esta próxima elección, sumar hasta seis miembros más a la Corte Suprema y asegurar así su hegemonía ideológica al interior de la misma. Más preocupante aún es el hecho de que Biden se rehuse a decirle a los americanos cuál es su opinión respecto a esa propuesta, la cual alteraría profundamente a una institución que constituye parte de la columna vertebral de los Estados Unidos y que viene funcionando de la misma manera desde hace más de 150 años.

Lo que está ocurriendo no tiene precedente: hay un gran sector que ha dejado de creer en sus instituciones -aquellas que los han llevado a ser una nación excepcional- si es que no les son útiles para sus fines ideológicos. Esta peligrosa actitud que amenaza con patear o redibujar el tablero cuando las cosas no salen como les gustaría se ve también reflejada en la iniciativa para eliminar la figura del colegio electoral a raíz de la victoria de Trump en el 2016.

Se me hace inevitable pensar -guardando las distancias por supuesto- en la situación que atravesamos nosotros con nuestro Tribunal Constitucional. El intento de renovarlo motivó el cierre del Congreso hace un año y hoy, nuevamente, se cuestiona la idoneidad del nuevo Congreso para elegir a los nuevos magistrados, 6 de los cuales tienen mandatos vencidos.

Al Partido Demócrata y a muchísimos estadounidenses podrá no gustarles Trump, como a muchos peruanos podrá no gustarles este Congreso ni el anterior; sin embargo, hay que tener la madurez política suficiente para entender que eso no los hace menos legítimos para cumplir con las funciones que les otorga la Constitución. Ojalá lo recuerden en Estados Unidos y ojalá lo entendamos nosotros algún día.