EditorialMartes, 13 de octubre de 2020
El presidente de la lucha anticorrupción

Una vez que PPK hubo renunciado a la presidencia, Martín Vizcarra apuró su regreso desde Canadá y con el apoyo de varias fuerzas políticas, asumió la presidencia. Inicialmente parecía todo indicar que su relación con el legislativo iba a ser bastante menos complicada que la que tuvo PPK: en uno de sus primeros actos, el presidente invitó a Palacio a los presidentes de los otros dos poderes del Estado y el entonces presidente del congreso, Luis Galarreta, asistió a la reunión que concluyó con una conferencia en la que se anunciaba una nueva etapa de convivencia entre el poder legislativo y el poder ejecutivo.

Paradójicamente ha sido la corrupción, la de contratos a sus amigos del tenis, la de encubrir las contrataciones de sus secretarias, la de pagarle al esperpéntico Swing y ahora la que viene con el terremoto de la construcción, la que ha terminado colocando al presidente en una situación cuya fragilidad hace dudar incluso de si logrará terminar su gobierno.

En un primer momento, incluso, parte de la bancada de PPK se mantuvo como bancada del señor Vizcarra en el congreso. Eran los días en los que Martín Vizcarra se proclamaba como el presidente de la lucha anticorrupción y blandía esa bandera. Apenas su popularidad se estancó un poco volvió a enemistarse con el congreso, al punto que lo cerró -sin la firma del gabinete- y lo hizo también bajo la sombra de la misma bandera: la lucha contra la corrupción. El presidente llegó a tener cifras de aprobación estratosféricas, pues él iba inventando canallas y se enfrascaba con ellos en defensa de lo noble, de lo puro, de lo sincero.

Con la llegada del CoVid-19 el presidente volvió a recibir un espaldarazo de popularidad: el país necesitaba estar unido y acatar las medidas que el gobierno acogía que pretendían, justamente, salvar nuestras vidas. Pero en ese camino que hasta hoy nos trae, la aparición casi sistemática de escándalos que lo vinculan ha llevado al presidente a un proceso de aislamiento muy grave. De acuerdo con lo que muchos penalistas afirman el presidente debería pasar de Palacio a prisión el 28 de julio del año entrante. Y ya la cantidad de indicios y pruebas es muy grande como defender al presidente. Pocos se hipotecarán.

Paradójicamente ha sido la corrupción, la de contratos a sus amigos del tenis, la de encubrir las contrataciones de sus secretarias, la de pagarle al esperpéntico Swing y ahora la que viene con el terremoto de la construcción, la que ha terminado colocando al presidente en una situación cuya fragilidad hace dudar incluso de si logrará terminar su gobierno. Es ahora que la prensa, adormilada por demasiado tiempo, debe saltar a la palestra. Y que todas las unidades de investigación se dediquen a escarbar, que ya quedó claro que polvo bajo la alfombra hay y bastante.