EditorialJueves, 15 de octubre de 2020
Martín en su laberinto

Cuando asumió la presidencia de la República, Martín Vizcarra alzó la lucha contra la corrupción como su principal bandera. Era, justamente, lo que los peruanos queríamos escuchar. El expresidente había tenido que renunciar porque iba a ser vacado por unos contratos en los que empresas de las que él era accionista habían celebrado con el Estado peruano cuando él era ministro en el gobierno de Alejandro Toledo. Cuando el ingeniero Vizcarra dijo, entonces, que lucharía frontalmente contra la corrupción -nadie puede negar- sentimos alivio y quizás hasta algo de esperanza. La bancada de PPK lo seguía apoyando, la gente estaba con él, los medios también y los partidos políticos parecían haber entendido que la coexistencia era la única forma de que todo siga caminando.

La Contraloría ha encontrado un sustancial vacío a la hora de entender por qué se compraron pruebas serológicas a un postor que las ofrecía al doble de precio que otro. El campeón de la lucha anticorrupción está cada vez más arrinconado. ¿Llegará hasta julio de 2021?

Pero el presidente no solo quería gobernar; él quería aplausos. Así, empezó una búsqueda sistemática de enemigos -todos repudiados por la mayoría- para golpear y alzarse así como el campeón del pueblo. La táctica le funcionó a tal punto que pudo cerrar -en opinión de El Reporte- inconstitucionalmente el congreso con el beneplácito de las mayorías. Y siempre bajo el paraguas de la lucha anticorrupción. En Moquegua lo esperaban más de 40 investigaciones, pero él hablaba desde el púlpito moral al que solo llegan los inmaculados señalando la delgada línea del bien y del mal. Este año, con el CoVid-19 (lamentablemente, nos ha costado decenas de miles de vidas) se evidencio que su gobierno no tenía ninguna capacidad y nos trajo al desastre donde estamos.

Pero durante los meses de pandemia no solo se evidenció la nula capacidad de gestión del presidente y sus ministros, sino que empezaron a saltar a la luz algunas denuncias que manchaban su bandera. Primero se descubrió que su -hoy detenida- todopoderosa secretaria de palacio había contratado a su sobrino. Luego se supo que el señor Vizcarra había contratado a su cuñado y a su concuñado y también a varios de sus amigos del Lawn Tenis. El presidente jamás dio una explicación. Siempre pensó que él estaba por encima de esas minucias y que aquellos ataques eran viles confabulaciones de sus enemigos y de las fuerzas oscuras o sabe Dios qué. Con el presidente no era la cosa.

Esta semana, sin embargo, un colaborador ha detallado -de manera demasiado puntillosa- la forma en la que Obrainsa le habría entregado a Vizcarra un millón de soles (cuando era Presidente Regional de Moquegua) y se sabe que viene una denuncia más de ese tipo. Y, por otro lado, la Contraloría ha encontrado un sustancial vacío a la hora de entender por qué se compraron pruebas serológicas a un postor que las ofrecía al doble de precio que otro. El campeón de la lucha anticorrupción está cada vez más arrinconado. ¿Llegará hasta julio de 2021?