OpiniónDomingo, 15 de noviembre de 2020
El momento en que nos jodimos
Adriana Tudela
Abogada. Ex asesora parlamentaria. LLM por la Universidad de Chicago

Transcurrida casi una semana desde la vacancia, es necesario hacer algunas reflexiones sobre las causas que han generado esta crisis política, las que vienen de muy atrás. Creo que la respuesta a la pregunta “¿en qué momento nos jodimos (de nuevo)?” es una que requiere un análisis profundo y desde distintos enfoques: desde la Economía y el Derecho, hasta las Ciencias Sociales; sin embargo, -y sabiendo que la falta de perspectiva histórica agobiará-, me permitiré ensayar una explicación.

Lo que ocurrió en el Congreso este último lunes no es más que el resultado de desenvolvernos en política como si se tratara de un ring de box desde el 2016 en adelante. De condenar la corrupción de nuestros enemigos, más no la de nuestros amigos. De preocuparnos por la concentración de poder sólo cuando quien lo concentra no es de nuestro agrado. De ser incapaces de ver a las instituciones como algo más que simples medios que podemos usar para salir ganadores del round político del momento.

Asimismo, el haber festejado que se utilice a la ligera interpretaciones laxas de la cuestión de confianza y que, finalmente, se haya terminado por cerrar el Congreso de la República a pesar de las graves consecuencias para la institucionalidad y el equilibrio de poderes, ha traído consigo que otras figuras constitucionales sean utilizadas con la misma ligereza.

Nuestros odios políticos nos ha llevado a erosionar nuestras instituciones sin mayor escrúpulo. El 2016, el Perú se escindió. Algunos no reconocieron la legitimidad de un Congreso cuya mayoría les era adversa, mientras que otros no reconocieron la legitimidad de la victoria del presidente. Ninguno pensó en las graves consecuencias de su inmediatismo. El resultado de esa crisis nos dejó a un nuevo presidente que supo instrumentalizar nuestro descontento para seguir engordando un antiparlamentarismo que nos empezaba a perturbar.

El Congreso que tenemos hoy es producto directo de algunas de las medidas que posteriormente decidimos tomar con ánimo punitivo. Me refiero al referéndum que se llevó a cabo el 2018, a través del cual limitamos drásticamente la posibilidad de que políticos más serios y experimentados, pertenecientes a todas las tendencias políticas, puedan representarnos en el Congreso.

Con ello retiramos los incentivos para que los congresistas ejerzan con responsabilidad su cargo, pues al no existir la posibilidad de que el ciudadano los premie o castigue con su voto, lo único que moviliza a muchos de ellos es el aplauso inmediato obtenido a través del populismo que hemos visto este último año. Al no existir horizonte político, tampoco existen para ellos las consecuencias políticas de sus actos.

Asimismo, el haber festejado que se utilice a la ligera interpretaciones laxas de la cuestión de confianza y que, finalmente, se haya terminado por cerrar el Congreso de la República a pesar de las graves consecuencias para la institucionalidad y el equilibrio de poderes, ha traído consigo que otras figuras constitucionales sean utilizadas con la misma ligereza. Es así que hoy nos encontramos frente a la degradación radical de nuestro sistema democrático y a la incertidumbre respecto su sostenibilidad en el futuro cercano.

Si queremos ser un país donde primen la democracia y el estado de derecho, debemos empezar por aprender a distinguir entre las instituciones y las personas que están de paso por ellas. Debemos tener la madurez suficiente para aceptar que, en política, se puede ganar y se puede perder. Debemos practicar el escepticismo frente a lo que los políticos nos proponen; no contentarnos con “reformas” efectistas que no solucionan ningún problema, sino que los agravan. Por último, debemos ser constantes en nuestra vigilancia del poder político, de lo contrario terminaremos reaccionando cuando ya sea muy tarde.