EditorialMiércoles, 18 de noviembre de 2020
Tolerancia de papel

Este editorial va sin nombres, que ejemplos sobran y -justamente- lo que argumentaremos es la defensa de un principio más allá de quién sea el aludido momentáneo. En tiempos recientes, la cultura de la cancelación -que es un nuevo y actualizado rótulo para denominar al fascismo- ha tomado una fuerza inaudita en el mundo y el Perú no ha sido la excepción. La idea es, básicamente, interrumpir la posibilidad de que quienes piensen distinto a uno puedan expresarse. Naturalmente el derecho a la protesta y a manifestarse en contra de una opinión o una actitud con la que se difiere es válido y -quizás- necesario; sin embargo, la anulación de la expresión ajena impide el diálogo, y el consenso.

La verdadera tolerancia está en defender el derecho de los otros a decir lo que uno no quiere escuchar. Hay, por supuesto, límites: incitación a la violencia y otros; sin embargo, bajo ningún canon se puede suprimir la posibilidad de que posturas ajenas a lo que la supuesta mayoría -las mayorías se ven en las urnas- proclama bajo el supuesto de que el mensaje es bueno o malo para el bien común.

En los días últimos medios de comunicaciones, periodistas, especialistas y líderes de opinión han sido, por ejemplo, amenazado por una turba anónima en redes sociales de cerrar sus cuentas -en algunos casos lo han logrado- para lograr evitar que se emitan opiniones desde esas trincheras. Lo que es curioso es que los mismos que celebran este boicot son los que se rasgan las vestiduras por la tolerancia, la democracia, la inclusión y el lenguaje inclusivo, no dudan -sin embargo- en llamar “viejos lesbianos” a quienes discrepan de sus posturas. Hasta donde habíamos entendido, la idea era no usar las preferencias sexuales de las personas con una carga peyorativa. Pero bueno… son los tiempos.

La verdadera tolerancia está en defender el derecho de los otros a decir lo que uno no quiere escuchar. Hay, por supuesto, límites: incitación a la violencia y otros; sin embargo, bajo ningún canon se puede suprimir la posibilidad de que posturas ajenas a lo que la supuesta mayoría -las mayorías se ven en las urnas- proclama bajo el supuesto de que el mensaje es bueno o malo para el bien común. Porque en ese momento le conferimos a la masa la capacidad de determinar quién puede y quién no puede hablar. Y ese no es el país de esperanza, ilusión y consenso que nos merecemos para el bicentenario. Así que es urgente que las cosas se calmen y que las autoridades se pronuncien.