OpiniónJueves, 19 de noviembre de 2020
Oclocracia, el gobierno de la muchedumbre
Raúl Labarthe
Investigador y analista económico

Luego del desencadenamiento de una crisis política entre el parlamento y Martín Vizcarra pudimos ver el auge de un conflicto subyacente entre los verdaderos poderes fácticos: la vieja política y el establishment mediático. El segundo tenía una narrativa construida y muy clara de defensa a Martín Vizcarra y de antiparlamentarismo solemne, que llevó al punto de considerar “golpistas” a los votantes de la vacancia cuando precisamente fue la amenazada de esta figura lo que determinó el nombramiento del presidente que fue vacado.

Manuel Merino de Lama no era un presidente favorito de nadie, pero era aquel que fue elegido por el congreso; si bien es cierto que tal vez no fuese elegido pensando en que eventualmente obtendría el cargo de presidente. Yo personalmente no entendía el rechazo tan frontal de muchas personas hacia Merino, cuando en la tan mentada lista de los 67 congresistas investigados, él no tenía ninguna investigación pendiente o condena. En cambio, algunos miembros del Partido Morado que se consideraron como alternativas al cargo como Gino Costa y Carolina Lizárraga, sí tenían investigaciones.

Muchos decían también que la marcha no fue de izquierda o “moradista”, sino que era una expresión popular general. Pero lo que nos debe quedar claro ahora es que las marchas no son de quienes las marchan sino de quienes las convocan, y más aún de quienes tienen la capacidad de capitalizar dicha legitimidad.

¿Por qué era tan peligroso Merino? Muchos lanzarán hipótesis respecto a que su gabinete no tenía el respaldo popular, ¿pero para el pueblo son realmente tan distintos? La CGTP sigue protestando diciendo que son el mismo grupo económico. Lo cierto es que el establishment mediático y la red de organizaciones no gubernamentales que controla el discurso ya tenía una narrativa muy clara de golpismo parlamentario, y cuando la crisis estalla repentinamente nadie tenía que cuidarse del Covid y todos teníamos que “defender la democracia”.

Muchos decían también que la marcha no fue de izquierda o “moradista”, sino que era una expresión popular general. Pero lo que nos debe quedar claro ahora es que las marchas no son de quienes las marchan sino de quienes las convocan, y más aún de quienes tienen la capacidad de capitalizar dicha legitimidad. Casualmente, muchos dicen que la marcha no era de izquierda ni moradista, pero tuvimos que elegir a un presidente entre esas dos opciones: Rocío Silva y Francisco Sagasti, de ambas posturas. La marcha era de izquierda o “progre” porque a más grande dicha protesta, el poder de esos partidos sería más grande.

Respecto al nombramiento de Francisco Sagasti, aunque no vaya con mi postura personal, sólo me queda desearle suerte. En todos los puntos en los que apoyé calificaba mal Vizcarra: corrupción, antiparlamentarismo, ineptitud e incapacidad para reconocer errores; todo indica que el nuevo presidente sale mejor parado, esperemos que así sea por el bien del país. Sí considero que es fundamental dar pasos hacia una verdadera reconciliación nacional entre los políticos, los medios de comunicación y la ciudadanía.

Sin embargo, no quiero dejar lo siguiente. Una democracia NO se construye en las calles, sino en las urnas. Marchas como estas, que terminan logrando sacar a un presidente e imponer a otro a través de “la calle”, deberían de llamarnos a la reflexión. El pensador griego Polibio en el año 200 a.C. planteaba la tesis de la anaciclocis donde, seguida de la democracia en su estado sano, se pasaba a una fase degenerada llamada “oclocracia”, o también conocida hoy como demagogia o populismo. La política peruana ya empieza a dar vistos de una degeneración de su democracia donde se impone el que grita y marcha más fuerte, y no el voto razonado.

La oclocracia es el gobierno de la muchedumbre descontrolada, donde el gobernante no busca el bien común sino darle a la masa más vociferante lo que en el corto plazo aclama. Ese camino sólo conduce a más crisis. Esperemos poder recuperar nuestra democracia, la verdadera, basada en la tolerancia a las posturas distintas y en la libertad de expresión. Nada bueno puede salir de un enfrentamiento generalizado y visceral entre los miembros de una sociedad.