OpiniónDomingo, 22 de noviembre de 2020
Sendero Luminoso: ¿una amenaza vigente?

I. Introducción

El heroico sacrificio de corajudos miembros de nuestras Fuerzas Armadas en los Valles del río Apurímac, Ene y Mantaro (VRAEM, por sus siglas) con frecuencia cierta nos coloca en una posición de impostergable reflexión: ¿sigue siendo el Partido Comunista del Perú – Sendero Luminoso una amenaza para la paz, la democracia y la República? ¿Es que nuestras fuerzas del orden no lograron acabar con la sombra del “Pensamiento Gonzalo” en septiembre de 1992, cuando, después de 12 años de guerra en contra de los delincuentes terroristas se decapitó a la organización más sangrienta de la Historia de América?

La respuesta a estas preguntas habita en una trenza entre certezas, dudas e información dinámica que nuestros sistemas de inteligencia van recogiendo; sin embargo, frente a la imposibilidad de dar una respuesta categórica a la pregunta que nos asalta podemos -y debemos- dar un paso atrás y permitir que la mirada y perspectiva de la Historia reciente nos permita confeccionar mejores preguntas. De esa forma, nuestro Estado en general y nuestras Fuerzas Armadas en particular podrán continuar con su incansable lucha por pacificar el último recodo de subversión que en nuestra geografía habita: la guerra por el VRAEM.

El destino de cada una estas tres organizaciones han sabido entrelazarse por momentos, pero cada vez ha sido mayor la distancia que entre ellas se opone. Una vez que Guzmán fue detenido llegó a un acuerdo de deponer las armas frente al Estado peruano.

¿Contra quién estamos los peruanos luchando en el VRAEM? ¿Qué los motiva? ¿Cuáles son sus redes de abastecimiento y logística? ¿Cómo desarrollan las acciones que, a todas luces, practican de contrainteligencia? ¿Por qué el resto de las zonas que Sendero Luminoso desangraba con su violencia son hoy espacios de paz y no el VRAEM? ¿Estamos, en esta zona, frente a un rebrote del enemigo contra el que el país entero luchó -con una inmensa cuota de sangre- desde la quema de ánforas en Chuschi en 1980? Necesario es repasar algunos hechos y conceptos para poder echar luz sobre esta preocupante materia para el país.

II. 1992 y el inicio del fin

Mientras las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional venían batiéndose con cada vez más éxito -dígase- en contra del Ejército Guerrillero Popular (brazo armado de Sendero Luminoso) a finales del primer gobierno del presidente Alan García se dispuso la creación del Grupo Especial de Inteligencia de la Policía (GEIN): un selecto grupo de agentes de inteligencia que -paralelamente a la lucha frontal de las Fuerzas Armadas y divisiones especiales de la Policía como los “Sinchis” contra las columnas del terror fundamentalista de Sendero Luminoso- tenía como fin entender la moral de sus combatientes, así como determinar su manera de llevar a cabo la guerra contra el Estado.

La cristalización de esa gesta se dio una noche de setiembre de 1992 -un histórico 12 de septiembre- cuando Abimael Guzmán y Elena Iparraguirre (ambos miembros del Comité Central y del Comité Permanente -máximos elementos de jerarquía institucional de la organización terrorista) fueron detenidos en un inmueble de la antigua Calle 1 (hoy Varsovia) de San Borja alquilado a nombre de la bailarina Maritza Garrido Lecca y su pareja -el también terrorista- Carlos Incháustegui. Con ellos cayeron las lideresas Zambrano y Pantoja y se decapitó a la medusa en la que Sendero Luminoso se había convertido, con sus columnas militares, centros de formación ideológica e hiperactivos organismos de fachada.

En ese momento, el Partido Comunista del Perú – Sendero Luminoso empezó a escindirse en tres facciones que cobrarían distintos grados de relevancia en las décadas por venir: i) “Solución política”, dirigida por Guzmán Reynoso y su antigua cúpula ideologizada en el maoísmo, la guerra prolongada (aquí volveremos) y el “Pensamiento Gonzalo”, ii) “Proseguir”, facción dirigida por alias Artemio que hizo del Huallaga su feudo y sostuvo que había que continuar recorriendo el sendero luminoso trazado por el amauta Mariátegui en búsqueda de la dictadura del proletariado y iii) El “Militarizado Partido Comunista del Perú” encabezado por los Quispe Palomino que se afincó en el VRAEM hasta hoy.

El destino de cada una estas tres organizaciones han sabido entrelazarse por momentos, pero cada vez ha sido mayor la distancia que entre ellas se opone. Una vez que Guzmán fue detenido llegó a un acuerdo de deponer las armas frente al Estado peruano. A las hordas de su militancia les indicó -en los mejores términos leninistas- que las condiciones objetivas habían dejado de coexistir con las condiciones subjetivas y que, por lo tanto, el momento de acción revolucionaria había abandonado su vigencia. Esto no significa que el rol de todo marxista deje de ser hacer la revolución; es simplemente un revés en la guerra de desgaste que Sendero Luminoso planteó en contra del país.

Así, los senderistas que seguían considerando a alias “Gonzalo” como la Cuarta Espada de la revolución comunista internacional (después de Marx, Lenin y Mao) acataron la orden y regresaron a las primeras fases de la guerra prolongada de acuerdo con la interpretación militar que Mao Tse Tung asumió de la teoría del teórico von Clausewitz: la guerra es la prolongación de la política. De esa forma, los antiguos movimientos de fachada de Sendero Luminoso como los “Abogados Democráticos” o “Socorro Popular” (que al final sí tomó acción militar: de ellos dependió, por ejemplo, la ejecución del atentado en Tarata) desaparecieron, pasan a la clandestinidad por algunos años y luego se reinventan como Movadef.

Alias “Artemio” por otro lado, continuó la guerra con “Proseguir”; sin embargo, su lucha perdió potencia ideológica y empezó a camuflarse con otro enemigo cada vez menos discreto del Estado: el narcotráfico. Resulta, pues, que las alturas de la ceja de selva del Huallaga -geográficamente semejantes al VRAEM- son zonas ideales para el cultivo de hoja de coca. Así, Artemio encuentra en brindarle protección al narcotráfico un flujo económico constante y solvente para poder subsidiar la guerra popular y la persecución de la dictadura del proletariado que sus viejos camaradas de armas habían ya abandonado. Artemio es, finalmente, capturado en un estratégico operativo y su facción filo senderista queda completamente inactiva.

Finalmente, está el tercer grupo: el Militarizado Partido Comunista del Perú, encabezado por Víctor Quispe Palomino, alias “José”, que se aleja de las máximas del “Pensamiento Gonzalo” y plantea la continuación de la lucha armada desde el VRAEM. No obstante, aquí los ideólogos ya no tenían relevancia alguna. De acuerdo con las máximas de la guerra aplicadas por los soviéticos y por Mao en la China, por Pol Pot en Camboya y por Ho Chi Min y su General Nguyen Giap -inspiración militar de Guzmán- en Vietnam, los mandos políticos deben estar siempre por encima de los mandos militares. En el VRAEM ese ha dejado de ser el caso.

Víctor Quispe Palomino jamás tuvo relevancia política -la única importante- dentro de la estructura orgánica del movimiento terrorista al que perteneció. Solo es recordado por ser el infame conductor del “bus de la muerte” que recorrió Soras asesinando a más de un centenar de campesinos de la zona ayacuchana barrida por Quispe y su columna para amedrentar a la población y poder continuar reclutando a los jóvenes más pobres para nutrir las filas de su Ejército Guerrillero Popular. Fuera de eso, jamás fue considerado como un ideólogo. Y basta con escuchar las pocas entrevistas que ha dado o leer los panfletos que reparten, para entender que no tiene la menor idea de lo que señala, más allá de ser un asesino y un delincuente común.

III. Del campo a la ciudad

Los Quispe Palomino, que hoy aterrorizan a la población civil en el VRAEM y que son sólo contenidos por el esfuerzo inconmensurable de nuestras Fuerzas Armadas jamás entendieron lo que para el Partido Comunista del Perú – Sendero Luminoso significó hacer la guerra. Es así que no siguen los mismos principios, lo que los hace por un lado impredecibles y harto peligrosos, pero por otro los ha convertido en parias frente a los verdaderos seguidores de Abimael Guzmán y del “Pensamiento Gonzalo”, que los consideran revisionistas traidores a la causa y sensualizados por el dinero del sucio narcotráfico que alimenta los apetitos carnales del capitalismo decadente y que se han arrimado a una mata de árboles renunciando a sus deberes partidarios: hacer la guerra popular.

La pregunta que en este punto cae de madura -y me permito retomar lo que antes anuncié- es ¿qué es la guerra popular y cómo es así que se puso en práctica en el Perú? Una vez que esa duda haya quedado despejada es que se puede, dialécticamente -al mejor estilo marxista- trazar una serie de cardinales lejanías que advierten un claro distingo entre la guerra que el Perú tuvo que enfrentar contra Sendero Luminoso militarmente a partir de mayo de 1980 (ideológicamente desde antes) y las letales escaramuzas en las que terminan enfrascadas actualmente nuestras fuerzas del orden.

En 1917 la revolución de octubre (que en realidad fue en noviembre; Rusia usaba calendario juliano) llevó a los bolcheviques a liderar al pueblo contra los cosacos que protegían el Palacio de Invierno de San Petersburgo tras escuchar los cañonazos del Crucero Aurora que daban la voz de inicio para una revolución que cambiaría para siempre la Historia. La dinastía de los Romanov se extinguiría poco después en Rusia para dar paso a una cruenta guerra civil que llevaría al Ejército Rojo comandado por el Comisario Liev Davidovich (Trotsky) a derrotar a los líderes “blancos”: el General Denikin y el Almirante Kolchak, permitiendo así el ascenso de Vladimir Ulianov (Lenin) al poder.

El ejercicio de Lenin del poder, sin embargo, fue breve. La enfermedad acabó pronto con su vida y -quien era a todas luces su sucesor ideológico (Trotsky) fue depuesto a la fuerza por Iosif Dzhugashvili (Stalin). Así, todas las rusias vieron reemplazada la bota del cosaco que imponía el poder a la fuerza por la bota de la futura KGB de Lavrenti Beria y la Lubianka: fue el inicio de los años del terror; sin embargo, una vez cernida la cortina de acero ese terror permaneció escondido detrás de los muros del Pacto de Varsovia: hacia afuera el miedo que congelaba al pueblo ruso era el ideal del hombre nuevo, la moral soviética, el mundo sin pobres y sin ricos y el paraíso en la tierra. Una semilla retórica que no tardaría en florecer en el resto del mundo.

Entendido lo anterior, el primer lugar en donde las ideas comunistas lograron imponerse fue la China: invadida desde 1933 por las fuerzas imperiales japonesas en Manchuria, el Ejército de Mao y el Kuomintang se habían aliado para repeler a los japoneses; no obstante, una vez terminada la guerra Mundial en 1945, se retomaron las acciones bélicas en el frente civil interno Chino en donde Mao Tse Tung puso en práctica mientras fue descubriendo su técnica de lucha político militar, que terminaría siendo exactamente en la que sería instruido Abimael Guzmán en, por lo menos, dos viajes que realizó a la China comunista antes del inicio de su guerra popular.

Mao sabía que enfrentaba a un enemigo con mayores condiciones logísticas y con mayores números. Sabía, además, que su enemigo contaba con brigadas de infantería motorizada y con tanques. Esto último le permitía llevar a cabo maniobras de penetración, pinza y embalse de mucho mayor profundidad que su más humilde ejército, integrado inicialmente casi en su totalidad por unidades de infantería. Así, Mao entendió que debía luchar esta guerra asimétrica desgastando al enemigo en una conflagración prolongada y en claras etapas que le permitieran ir engrosando sus números para enfrentar a un enemigo más poderoso.

En lo político, Mao Tse Tung también se encontró con una dificultad: la guerra que los bolcheviques habían desatado había permitido echar a andar un modelo socialista -el comunismo no llegaría (ni llegará) jamás- en la Unión Soviética: la cantidad de proletarios que vivían en la periferia de las principales ciudades rusas constituían la fuerza necesaria para generar la lucha de clases contra los kulaks (terratenientes) y poder agudizar las contradicciones para así generar su “sintesis de progreso”. Los soviets estuvieron, básicamente, integrados por los miembros de los sindicatos de la industria soviética en su primera etapa.

La China, a ojos de Mao -y ciertamente de la realidad- difería de esta condición próxima al capitalismo: la china era una sociedad semi-feudal (en términos marxistas) en donde su principal masa demográfica estaba constituida por campesinos y no por obreros. Esa falta de capacidad para ejecutar las políticas que había pensado y luego para llevar a cabo la revolución cultural, llevaron a Mao a entender que él no podría llevar la guerra de la ciudad al campo y que la piedra angular de su “revolución” no podrían ser los proletarios; pues en China no existía una masa crítica suficiente de éstos: así, Mao emprendió una guerra del campo a la ciudad y con el campesinado como base de su guerra popular.

Empieza, estoy seguro, a sonar bastante parecido al lenguaje que los peruanos que sufrieron la barbarie senderista tuvieron que normalizar. Fue el origen.

IV. De Beijing a Huamanga

En la Universidad San Cristóbal de Huamanga había empezado a fraguarse la idea de que el pensamiento mariateguista necesitaba volver a sus inicios. Ese proceso -complejo, por cierto- fue bautizado por Abimael Guzmán como la “primera reconstitución”. Así el futuro “Presidente Gonzalo” y su primera esposa, Augusta La Torre, empezaron -desde 1968, 12 años antes del inicio de la guerra- a seguir al pie de la letra los pasos de la guerra según la había entendido Mao y la había aplicado también Giap en Vietnam: forjar bases de poder popular, agitación y propaganda (batir el campo), estructurar rutas logísticas y seleccionar zonas de descanso, aniquilamientos selectivos y -finalmente- la mezcla de una guerra de guerrillas (que Sendero Luminoso jamás practicó) y actos terroristas (en los que se basó su campaña de terror).

En la Universidad San Cristóbal de Huamanga había empezado a fraguarse la idea de que el pensamiento mariateguista necesitaba volver a sus inicios. Ese proceso -complejo, por cierto- fue bautizado por Abimael Guzmán como la “primera reconstitución”.

Desde la quema de ánforas en Chuschi el 17 de mayo de 1980 hasta la Operación Victoria el 12 de septiembre de 1992, Sendero Luminoso siguió las órdenes de su Buró Político, de su Comité Central y de su Comité Permanente de manera inquebrantable. Su Ejército Guerrillero Popular llegó a generar una situación en la que se pensaba que la democracia estaba en juego y sus organismos de fachada se ocuparon de seducir a la izquierda que luego miró a otro lado para ser condescendiente con el grupo asesino.

La mística que se generó con la muerte de Edith Lagos y Carlota Tello y los años iniciales de la guerra popular lograron acercar a cierta población a las afiebradas ideas de Guzmán; no obstante, las batidas senderistas llevaron pronto a pueblos como Lucanamarca a levantarse contra mandos medios como Olegario Curitomay, lo que generaría la masacre en aquella comunidad. Así los aburguesados líderes de Sendero Luminoso pretendieron dirigir una guerra desde la ciudad, tomando el vino francés que se encontró en la casa-refugio de Guzmán, y engordando con la comida que su militancia ansiaba. El Perú finalmente logró derrotar a su más cruel enemigo; sin embargo, nuestras Fuerzas Armadas y nuestra República ganaron la guerra. Hoy, nosotros -todos- estamos perdiendo la Historia.

V. ¿Dónde está el riesgo que significa Sendero Luminoso?

Por más que operaciones de inteligencia como “Perseo” hayan encontrado vínculos entre el VRAEM y Movadef, aquellos puentes son endebles y ya casi inexistentes. En el VRAEM lo que existe es un grupo de criminales de poca monta que ha encontrado en la violación sistemática de los Derechos Humanos de nuestras poblaciones nativas y en el negocio del narcotráfico una forma de vida. Aquella amenaza debe ser derrotada con inteligencia, contrainteligencia y golpes quirúrgicos como los que el Comando Conjunto ha atestado: infiltrar, distinguir y arrinconar en el monte a los Quispe Palomino es el primer paso para luego desangrarlos con golpes de operarios de fuerzas especiales. Y más temprano que tarde, esos asesinos narcotraficantes que no merecen el respeto ni quienes secuestran nombre y bandera serán apresados o abatidos. El profesionalismo de nuestras Fuerzas Armadas lo aseguran. En paralelo se debe regular con absoluta rigidez el control de insumos que permiten convertir a la hoja de coca en pasta básica y -contra la lógica de libre mercado- generar un oligopolio que facilite este proceso.

El verdadero riesgo que Sendero Luminoso representa no está, entonces, en el grupo de narcotraficantes que maneja el VRAEM. Se encuentra en las Universidades y en las nuevas “escuelitas populares”, en donde los viejos militantes hoy libres -como la Huatay, por ejemplo- vuelven a fertilizar el terreno de los jóvenes y envenenarlos con una ideología asesina por antonomasia. El Perú, está, sin embargo, en perfectas condiciones de contener esta pandemia: seguimiento en redes sociales, infiltración en las cédulas activas de ideologización y sobre todo una campaña -que requiere voluntad política- de docencia a la juventud. Nuestros niños y jóvenes tienen que saber que aquí no hubo una guerra entre dos bandos, sino una piara asesina intentando acabar con nuestra libertad. Debemos poder transmitir el conocimiento a las nuevas generaciones que les permita distinguir el comunismo fundamentalista castrista del maoísta. No porque uno sea mejor que otro, sino porque no se puede derrotar a un enemigo que no se conoce.

El verdadero riesgo que Sendero Luminoso supone no está entre los ríos y matorrales del VRAEM, sino en las aulas de las universidades que abren las puertas al Movadef sin entender -o entendiendo con dolo- que Movadef es el heredero directo del “Pensamiento Gonzalo”. Y todo esto debe encajarse bajo una idea en la que se esconde el más grande riesgo para nuestro futuro mediato en el frente interno de defensa: hoy las huestes senderistas no se hacen a las armas porque su líder ha dicho que no es momento de acción revolucionaria. Y el “Pensamiento Gonzalo” es infalible. “Gonzalo” no se equivoca interpretando la realidad del país ni su contexto internacional; sin embargo, basta con recordar el gesto que el asesino Guzmán hacía con su mano, amenazante a las cámaras de televisión luego de su captura: su dedo índice apuntaba a su cabeza. Los hombres mueren, las ideas no.

Dicho todo esto es que es necesario que nos hagamos una pregunta compleja: el “Pensamiento Gonzalo” hoy no considera la guerra popular como una opción. Pero el “Pensamiento Gonzalo” depende de solo un hombre, un mortal. ¿Qué pasará con el “Pensamiento Gonzalo” cuando, pronto, “Gonzalo” muera? ¿No quedará latente la posibilidad de que un nuevo cuadro interprete las ideas de un muerto y concluya que ha llegado la hora de volver a luchar?

En 1980 subestimamos al enemigo, pero lo vencimos. Esa victoria, sin embargo, costó más dolor del que pudimos haber imaginado. Hoy debemos mantener la guardia alta y proceder de acuerdo a los mecanismos de recopilación, análisis y acción que la inteligencia supone para poder vencer en una guerra antes de que ésta comience. Es lo mínimo que merecen aquellos, que vestidos patria cayeron por nosotros, y es lo mínimo que merecen quienes, hijos de esa patria, llegarán después.