EditorialJueves, 14 de enero de 2021
La equitativa repartición de la miseria

Cuando el gobierno peruano anunció que, finalmente, había logrado cerrar contratos dos laboratorios y una unidad de centralización de comprar para adquirir las muy esperadas vacunas contra el CoVid-19, se empezó a señalar que algunos agentes privados también harían el intento de comercializar la vacuna a quienes puedan costearla. La izquierda, de inmediato, hizo un escándalo diciendo que se estaba privatizando la salud, que la salud no se vende y que no era posible que los ricos puedan vacunarse y no los pobres. Estos argumentos -quizás efectistas- pero medularmente falaces no solo revelan la ignorancia de cómo funcionan los mercados por parte de los socialistas y comunistas que pretenden llegar al poder, sino que prueba que el comunismo es la manera más eficiente diseñada por el hombre para distribuir la miseria equitativamente en un Estado. No hay país que sea una excepción a esta regla.

Veamos: el Estado se ha embarcado, y finalmente ha cosechado algún éxito, en la empresa de traer la mayor cantidad de dosis posibles. Sin embargo, éstas no llegarán al mismo tiempo y habrá que esperar la lista de personas que el Estado considere prioritarias en este proceso: primero los médicos, enfermeras y profesionales de la salud, luego los policías y militares que están en primera línea luchando contra la pandemia y -asumimos- después la población más vulnerable (determinada por edad). Así las cosas: lo que hay es un compromiso expreso por parte del Estado de conseguir dosis que inmunicen a toda la población. Ahora bien, si algún agente económico lograse importar vacunas y venderlas a un precio -alto, si se quiere- quienes paguen por esas vacunas no están solo ejerciendo un derecho; están liberando vacunas disponibles para que puedan ser utilizadas en los sectores menos favorecidos justamente. Libera recursos.

Entender lo anterior no requiere alta ciencia. Es, más bien, un asunto de mero sentido común. Es permitir que, quienes pueden, internalicen el costo de tutelar su salud para que quienes no pueden asumir ese mismo costo sean los primeros beneficiarios del Estado. En este diario consideramos, más bien, que sería inmoral vacunar primero a quien podría pagar una vacuna que a quien -sumido en la pobreza- no puede. Quienes están debajo de la línea de pobreza, además, tienen las defensas más bajas y por lo tanto son más proclives a contraer la enfermedad y a que ésta cauce estragos en ellos, como lo demostró el Financial Times en un estudio realizado en los suburbios de Londres a inicios de la primera ola europea. Así, hacemos un llamado a priorizar la vida y la salud de manera eficiente y a guardar la retórica ideologizada y probadamente fallida. En medio de una pandemia, es un acto de miseria caer en capitalizaciones políticas.