OpiniónDomingo, 17 de enero de 2021
El Apra y el proceso electoral
Juan Sheput
Analista Político

Son pocos los partidos políticos en el Perú que han tenido disputas generacionales. Podríamos mencionar al viejo Partido Comunista, al APRA y a Acción Popular, no en el sentido ridículo que opinólogos y académicos ligeros le dan a la definición de generación, sino a ese concepto superior que tanto le quitó el sueño a filósofos como Ortega y Gasset.

Una generación no es un concepto etáreo. No se limita a la edad. En una generación coexisten formas de entender y participar de la vida que nos desafía. En un momento determinado todos somos contemporáneos, pero hay coetáneos que tienen distintas formas de entender el mundo. Los niveles de protagonismo pueden ser distintos, pero los valores que los unen y las mentalidades pueden discurrir en un curso común. Por eso, más allá de la edad, la generación no es un simple concepto biológico.

Pero también es cierto que los políticos de fuste no necesitan, a diferencia de advenedizos y correlones de hoy, de recursos o un cargo para figurar en el escenario de la formación de opinión.

Señalo esto porque siento que uno de los eventos que más puede perturbar a la democracia es que algunos partidos con profunda identificación con un sector de la sociedad puedan quedar fuera de este proceso electoral. El Partido Aprista en especial. Si un partido sabe de generaciones ese es el Partido Aprista. Quedar fuera de carrera y por tanto de representación en el próximo Congreso no es un evento que pueda pasar desapercibido, más aún cuando todo parece indicar que la salida es consecuencia de un “error” dirigencial.

Cuando Alan García ganó la presidencia del Perú en 1985, su generación, juvenil y treintañera, formada por Haya entre los coloquios del Aula Magna y las jornadas de Vitarte, asumió las riendas del partido. Dejó de lado en ese momento a la generación intermedia, conformada por cincuentones y sesentones con legítimas aspiraciones. Esa generación, la de Alan, hasta ahora tiene incidencia en las principales decisiones del partido de la Av. Alfonso Ugarte. He allí la magnitud de ese salto generacional.

La salida del proceso electoral afecta directamente a otra generación, de amplio espectro etáreo, compuesta por juveniles veinteañeros, impetuosos treintañeros y cuarentones con formación política que estoy seguro habrían sido protagonistas en el debate de la campaña y en la esgrima parlamentaria. Encabezados por Carla García, no dudo que habría tenido una interesante representación, pero eso no se ha dado y le corresponde al Apra hacer una evaluación del por qué se llegó a tan lamentable situación.

Sin embargo tener a un partido con el peso político del Apra fuera del sistema, como es en la actualidad, llevará a que sus cuadros busquen espacios políticos donde desarrollarse. Esto no funciona como una congeladora. Si no hay representación en el Congreso, el debate sobre gobiernos regionales y municipales adquirirá otra fuerza así como el debate sobre la necesidad de ir o no a una Asamblea Constituyente. Así funciona la política.

Pero también es cierto que los políticos de fuste no necesitan, a diferencia de advenedizos y correlones de hoy, de recursos o un cargo para figurar en el escenario de la formación de opinión. Estoy seguro que Carla y otros importantes cuadros del PAP sabrán formar su espacio más allá de las cada vez más prescindibles redes sociales. Políticos importantes como el mismo Haya recién llegó a un cargo público en 1978 (sin contar el fraude electoral de 1962) y otros fueron formidables y temibles sin pisar jamás el parlamento como Eudocio Ravines. Así que no dudo que destino hay para esta generación aprista. El destino siempre estará en nuestro camino. Podemos tropezarnos con él, pero jamás apartarlo.

Finalmente, al definir la categoría de daño que puede causar un antagonista en el discurrir de la vida política me quedo con un aforismo de Winston Churchill: “En la vida pública uno tiene rivales, adversarios, enemigos… y compañeros de partido”. Contundente.