OpiniónMartes, 19 de enero de 2021
Estado Emprendedor: El engaño de los poderosos

La planificación central de la economía y el mito del Estado emprendedor forma parte del plan de gobierno de muchos políticos. El ego de creer que desde un escritorio se pueden resolver los problemas de un país es peligroso. A pesar de ello, siempre van a existir excusas para explicar el fracaso de sus políticas. La evidencia demuestra los perjuicios que trae la excesiva intervención estatal. En casos aislados, esta planificación central puede generar un impacto positivo. Aunque siempre es bueno observar el panorama completo y evaluar cuál fue el costo de oportunidad y si realmente el accionar de nuestros políticos fue la mejor opción para solucionar nuestras necesidades.

El Estado tiene una razón de existir, fundamentada tanto por motivos económicos como políticos. Está encargado de generar las reglas de juego sobre las cuales va a funcionar la economía. Mediante políticas públicas se deben cerrar brechas de inequidad en educación, salud, infraestructura y acceso a servicios básicos. Para esto no es necesario incrementar impuestos ni que el Estado monopolice estos sectores, sino que se preocupe porque todos los peruanos tengan acceso ya sea privado o financiado por el presupuesto público. Existen otras distorsiones en el mercado que pueden ser corregidas, aunque muchas veces la cura es peor que la enfermedad. Por ejemplo, las externalidades negativas generadas por la contaminación se combaten con impuestos unitarios por unidad de contaminación, licencias negociables y con instituciones que refuercen los derechos de propiedad. Los monopolios también pueden ser corregidos para simular competencia. El problema radica en que muchos monopolios discriminan precios u operan a precios competitivos. De esta manera, controlarlos puede reducir la oferta de mercado dejando al consumidor sin producto o servicio. Finalmente, el Estado debe velar por la creación de instituciones democráticas e inclusivas que puedan permitir cumplir las funciones mencionadas previamente. Tomar un rol protagónico en industrias “estratégicas”, como se hizo con Velasco Alvarado, desviaría nuevamente el rol que debe cumplir y nos traería nuevos problemas.

El fracaso proviene de la falta de competencia, de saltarnos la teoría de consumo y producción para pensar que el valor de un bien o servicio es distinto a su valor de mercado. La crisis comienza cuando cambiamos a la inversión privada por la pública como motor de la economía.

La memoria es frágil y las nuevas generaciones, dado nuestro pobre sistema educativo, no llegan a ser conscientes de procesos históricos que terminaron en crisis económicas, políticas y sociales. La banca de fomento, la nacionalización de empresas privadas, el excesivo gasto estatal y el control de precios nos sumergieron en una profunda crisis de la cual nos tomó casi 30 años salir. Se hace creer que el fracaso se debió a la mala gestión de los políticos y no al sistema. El fracaso proviene de la falta de competencia, de saltarnos la teoría de consumo y producción para pensar que el valor de un bien o servicio es distinto a su valor de mercado. La crisis comienza cuando cambiamos a la inversión privada por la pública como motor de la economía. El mercado da lugar a miles de millones de transacciones donde la información que manejan sus participantes se complementa y asigna de la manera más eficiente los recursos. Pensar que el Estado posee más información es ser ciego.

Tecnología y desarrollo suele ser el sector donde más se debate este tema. El proceso de desarrollo tecnológico es descentralizado, evolutivo, cooperativo y competitivo. Es importante que el Estado coopere con el sector privado, sin ponerle trabas, para que el desarrollo pueda ser el máximo posible. El Estado no debe pecar de soberbio y terminar gastando más de lo que el mercado demanda. Es más, retomando los procesos históricos, el único evento que cambió realmente de rumbo el desarrollo económico fue la revolución industrial y se gestó sin apoyo estatal. No es cuestión de ahondar la dicotomía público vs. privado, sino de evaluar qué es eficiente y qué no. Volver a la planificación central es perder años de crecimiento por el capricho de “intelectuales” como Thomas Piketty o Mariana Mazzucato que creen ser personajes iluminados que pueden manejar un sistema y decidir lo que es mejor para los individuos. Guiémonos por lo eficiente y por lo demostrado. Nuestra historia ya nos dejó una lección tras el gobierno militar de 1968, no la repitamos.