OpiniónJueves, 21 de enero de 2021
La cultura del miedo
Gabriel Rey
Analista Político

La película se estrenó el 15 de marzo de 2020. El Perú no tuvo tráiler. El coronavirus “no existía” en nuestro territorio hasta ese fin de semana. Era algo que veíamos tan lejano que no lo asumíamos como nuestro. Lo cierto es que, para variar, el gobierno de turno consideró que la mejor opción para nuestro país era replicar las decisiones adoptadas en Europa. Ello sin considerar las circunstancias tan distintas entre nuestra nación y los países de primer mundo con respecto a la enfermedad de origen asiático. Evidentemente, sin mayor análisis o comprensión de lo que necesitaba el país, se decidió encerrar a la población.

A partir de ese momento, el miedo infundido por el aparato estatal fue creciendo. Salir de casa (para trabajar, comprar alimentos o caminar) se tornó en más reprochable que la violencia familiar (problema medular en los hogares peruanos). Una reunión social, más peligrosa que una organización criminal. Los casos de corrupción pasaron a segundo plano gracias a los eternos mensajes presidenciales en los que no se hacía nada más que expandir el terror. Y claro, ahora sabemos por qué: sin testeos adecuados ni vacunas compradas, poco más se podía hacer.

Pareciera que el miedo dejó de ser política estatal. Recuperamos un mínimo de consuelo por las primeras vacunas a punto de llegar, pero la segunda ola -que se estima más contagiosa- no deja de aterrarnos.

Los datos son concretos: 39,157 son las muertes por COVID-19 (según la más reciente información del MINSA) en casi un año de pandemia. Si bien cada una es en extremo dolorosa, no nos queda más remedio que ver los datos con esperanza. Y es que, dentro del 1’078,675 de casos conocidos, más del 95% de personas con diagnóstico positivo supera la enfermedad.

La pregunta central es, entonces, ¿por qué nos fue tan mal? No descubro la pólvora al decir que la razón está en la inexistencia de una estrategia clara. Esto no es cosa nueva para nuestro país. Nuestro pobrísimo sistema de salud no tenía capacidad para reaccionar. Menos la tuvieron nuestros pobrísimos gobernantes. Evidentemente, pues, era más fácil aterrorizar a la población para excusar su inacción y su falta de ideas.

La cuarentena no era per se una medida errónea. Lo equivocado fue no acompañarla de medidas que pudieran generar que esta sea lo más breve posible. Nuestro gobierno no reaccionó con las camas UCI, no proveyó a los hospitales de respiradores y, como mencioné líneas arriba, no tuvo un adecuado plan de testeo ni mucho menos de adquisición de vacunas.

Con idas y venidas, llegamos a hoy. Pareciera que el miedo dejó de ser política estatal. Recuperamos un mínimo de consuelo por las primeras vacunas a punto de llegar, pero la segunda ola -que se estima más contagiosa- no deja de aterrarnos. Sí, hay que dar al César lo que es del César: la Premier Bermúdez ha descartado la postergación de las elecciones y -momentáneamente- una nueva cuarentena. Sin embargo, si algo hemos aprendido de todo esto es a saber detectar la cultura del miedo. Toca esperar que el último anuncio del gobierno no se convierta en un beso de Judas que nos devuelva al encierro y agote nuestra esperanza.