Viernes, 19 de febrero de 2021
#noseamosvizcarra
Alejandra Benavides
Administradora y MBA por la Universidad de Berkeley

Estas últimas semanas quedó al descubierto la miseria moral de una clase política que hasta hace poco se decía impoluta. Los abanderados anticorrupción resultaron ser los más corruptos de todos, no sólo mintiendo reiteradamente para proteger sus intereses, sino jugando con vidas humanas, que hoy son sólo una simple estadística. Martín Vizcarra tuvo el descaro de lanzar la frase/hashtag #noseamoscómplices para manipular a la población, echándole la responsabilidad de su nefasto manejo de la pandemia.

Si bien los reflectores están sobre Vizcarra, el problema no es él. Somos los peruanos, y sobretodo aquellos que se dejaron engañar con palabras y promesas vacías y actos intrascendentes, cegados a lo que estaba frente a sus ojos.

Sin embargo, la verdad sigue destapándose y es casi anecdótica en comparación con la tragedia que ha desnudado el #vacunagate. Millones de peruanos confiaron en aquellos que hablaban bonito, y valoraron más las (supuestas) buenas intenciones que los resultados - ayudados por una prensa servil. Los peruanos perdieron el ímpetu de cuestionar y exigir resultados -nunca antes vi tanta complacencia con un gobernante de turno, y se mantuvieron en la frivolidad de las palabras. Y es que, a diferencia de un empleado del sector privado, un servidor público no tiene la obligación de rendir cuentas ni trazarse objetivos por los cuales luego será evaluado y por los que habrá consecuencias - inclusive las interpelaciones a ministros son percibidas como obstruccionismo. Nuestro sistema premia la mentira y la demagogia, y ante ciudadanos impresionables, se genera el ecosistema perfecto para el ingreso de ineptos al aparato estatal y para que se reproduzcan los parásitos, quienes nunca son castigados por su incompetencia y pueden reciclarse eternamente.

A septiembre de 2020, 79% de peruanos consideraba que Vizcarra debía culminar su mandato – para ese entonces ya había saltado el caso Swing, Camayo y los primeros indicios de corrupción en Moquegua. En octubre de 2020, Vizcarra tenía 54% de aprobación, inclusive con los escándalos de corrupción de IGCSA y Obrainsa. Para esas fechas, Perú era el país con más muertes por millón en el mundo, producto de la pandemia, con 80,000 muertes acumuladas en exceso a la fecha de su vacancia. El PBI había caído más de 20%, pero la mala gestión venía desde antes, con un magro crecimiento del PBI de sólo 2.2% y con 300,000 personas que pasaron a la pobreza en 2019. Incumplió su promesa de construir 1,000 colegios, construyendo sólo 13. Tampoco se conoce dónde quedaron los 80 centros de salud. No estamos ni cerca a las 5,000 camas UCI que prometió para el término de su mandato – que luego dijo serían 3,000, y ni siquiera a las 2,000 que prometió para julio de 2020. Hoy tenemos 1,830 camas UCI (sin incluir las aprox. 300 del sector privado). Se entregaron en 2020, a 2 meses de finalizar el año escolar, tan sólo 15,000 tablets de una compra de 1,056,000 tablets que debían haber sido entregadas a mediados de dicho año. Durante su gestión no concretaron la compra de vacunas - y ahora sabemos por qué. También se rechazaron diversas ofertas de ayuda del sector privado, desde plantas de oxígeno hasta vacunas, y a la fecha hay más de 105,000 muertes en exceso producto de COVID-19.

Si bien los reflectores están sobre Vizcarra, el problema no es él. Somos los peruanos, y sobretodo aquellos que se dejaron engañar con palabras y promesas vacías y actos intrascendentes, cegados a lo que estaba frente a sus ojos. #NOSEAMOSCÓMPLICES, pero de gobernantes incompetentes, mentirosos y corruptos.