PortadaDomingo, 21 de febrero de 2021
La indignación agoniza también

Lamentablemente, no son solo miles de peruanos los que siguen agonizando por el CoVid-19 y por la peor gestión sanitaria del mundo de este gobierno morado que, para fines prácticos, no ha resultado en más que en una triste continuación de la desgracia encabezada por el ingeniero Vizcarra. Ha empezado a morir la indignación de los peruanos. Y es comprensible: la corrupción se ha convertido en un hematoma que, simplemente, no deja de crecer como una mácula indeleble y empieza a habitar en espacios realmente sorprendentes: nos han robado con las pruebas serológicas, nos han robado con el oxígeno, nos han robado con las vacunas. Es buen castizo: hay quienes han preferido engordar sus bolsillos que salvar vidas y -sinceramente- no sabemos si exista perdón de Dios para ese nivel subterráneo de miseria moral. Pero las noticias nos golpean como un huracán y cada semana nos enteramos más y más de cómo los supuestos paladines de la libertad y la decencia han sido participes de la miasma o si es que han sido lo suficientemente imbéciles como para poner sus nombres y servicios a disposición de uno de los regímenes más corruptos de la Historia del Perú. Y eso que el partido de gobierno no ha hecho ni medio esfuerzo por sacudir la alfombra y ver qué es lo que realmente ha pasado. Pero recordemos las palabras que alguna vez pronunciara un hombre sabio: quien pierde la capacidad de indignarse está moralmente muerto. No la perdamos. Porque la libertad y la república tienen que triunfar en estas elecciones y montar una comisión de la verdad que termine con un museo, para que por los siglos en camino los peruanos puedan recordar como Martín Vizcarra y sus secuaces se cargaron a un país que los aplaudía cada noche.