OpiniónMartes, 23 de febrero de 2021
Elecciones: época de mentiras

Comprender los procesos históricos de un país es importante para no cometer los mismos errores. Así mismo, evita que participantes del ámbito político nos engañen apelando a la desinformación y sentimentalismos. No conocer las causas de nuestra realidad social, política y económica nos hace propensos a caer en discursos falaces y malignos. Cuando se desconoce sobre un tema, lo mejor es escuchar la opinión de expertos. No solo de quienes defienden nuestra postura, sino también de quienes adoptan otra postura. Lo más sensato es partir de la premisa que existe una ligera posibilidad que estemos del lado equivocado. Una estrategia política que parece ser tendencia en este país es asociar el modelo de economía social de mercado con la corrupción, mercantilismo y demás horrores del gobierno de Alberto Fujimori. Este es el facilismo más grande en el cual caen políticos que se aprovechan del rechazo desmedido que existe por parte de un gran porcentaje de peruanos.

El problema radica en las precarias instituciones que tenemos, al mercantilismo y a la pésima gestión pública. Debemos leer el libro completo y no quedarnos en la carátula.

La constitución de 1993, criticada por ilustres intelectuales peruanos que siguen creyendo en el socialismo, establece en su capítulo económico que el “Estado orienta el desarrollo del país, y actúa principalmente en las áreas de promoción de empleo, salud, educación, seguridad, servicios públicos e infraestructura” (artículo 58). En estos mercados la iniciativa privada es libre y el Estado busca generar equidad en cuanto al acceso a estos servicios básicos. Además, está encargado de fomentar la libre competencia, evitar cualquier práctica monopolística, tiene potestad de participar del mercado autorizado por ley expresa y en ciertos casos hasta de expropiar. Es irónico que muchos monopolios los maneje el Estado y que, en el sector privado, muchos sean causado por nuestra legislación. Antes de intervenir, regular o expropiar, los encargados de nuestras políticas públicas deben investigar la causa de los monopolios, así como las consecuencias de sus soluciones.

La izquierda peruana no se detiene en la constitución, porque además afirma que en la década de los noventa se vendió el país al mejor postor y regalamos nuestros recursos. Sin embargo, no mencionan cuál era la realidad económica ni cuáles fueron los beneficios de estas privatizaciones. Y así sean bien gestionadas, tener empresas públicas no es lo más eficiente. La inversión necesaria en diversos sectores requiere de un capital inmenso, de conocimiento técnico y de un riesgo adherido al proyecto en cuestión. El Estado, por ejemplo, al incursionar en sectores extractivos, necesita capital, know-how y tomar un riesgo que termina recayendo en los peruanos. También tiene un costo de oportunidad. Por ejemplo, en vez de un proyecto minero se pueden construir “x” colegios públicos. Únicamente la inversión minera representó 12.5% del gasto público el 2019. Se imaginan, más impuestos, menos ahorro y menos desarrollo para que nos demos el gusto de no dejarle nuestras riquezas a las malévolas transnacionales.

Las reformas de Velasco fueron el inicio de las tres décadas perdidas. Estatización de empresas, control de precios y expropiaciones fueron pan de cada día. Las empresas se veían obligadas a mantener precios bajos para beneficiar al ciudadano, sin tener en consideración los problemas que traía. Entre 1989 y 1991 únicamente Petroperú acumulaba pérdidas por US$ 1,500 millones, compraba combustible a US$ 0.60 por galón y lo vendía a US$ 0.16 por galón. Estas pérdidas evitaban el crecimiento empresarial, la generación de empleo, generaban escasez y terminaban siendo cubiertas por el fisco. Esto generaba déficit fiscal, lo cual al inicio se cubría con deuda externa. El momento en el que no pudimos endeudarnos más comenzó la salida de capitales, la impresión monetaria y la hiperinflación. Ningún gobierno se dignó a cambiar el modelo.

El proceso de privatizaciones y las reformas estructurales de la economía peruana no fue acompañado de una reforma institucional. Este es el principal motivo por el cual el crecimiento y desarrollo no fue mayor al que tuvimos. Aunque reducir la pobreza de 52% a 20% no lo veo como un fracaso. Ahora último, se culpó al sector privado del monopolio de oxígeno, a pesar de que fue causado por una ley que incrementaba las barreras de entrada. Es una coincidencia que el artífice de esta sea excandidato de Juntos por el Perú y flamante ministro de salud. Cuando no sabes a qué incentivos responden los precios ni cómo se determinan, es sencillo comerse el cuento de la izquierda. En conclusión, la raíz de nuestros problemas no debe ser direccionada al libre mercado, el cual es escaso en nuestro país, a la empresa privada ni a la constitución de 1993. El problema radica en las precarias instituciones que tenemos, al mercantilismo y a la pésima gestión pública. Debemos leer el libro completo y no quedarnos en la carátula, de lo contrario seguiremos llenos de políticas populistas y cortoplacistas que nos generan más problemas de los que buscan solucionar.