OpiniónViernes, 2 de abril de 2021
Un enemigo común
Alejandra Benavides
Administradora y MBA por la Universidad de Berkeley

En 1990, luego de haber pasado por la miseria económica y social que dejó la dictadura militar de Velasco, el fatal gobierno de Belaúnde – más por omisión, que por acción, y el infame gobierno de Alan I, los peruanos teníamos claro que nuestro enemigo era el terrorismo. Una tragedia se convirtió en el lazo conector entre peruanos pobres, adinerados, provincianos, limeños, sin distinción. Todos estábamos juntos en sentimiento, a merced de la violencia de grupos terroristas que pusieron nuestras vidas en vilo.

A pesar de errores y excesos, en los gobiernos de Alberto Fujimori se derrotó el terrorismo. Es así, que luego de mucho tiempo de tristeza y oscuridad, saboreamos victorias y recuperamos la tan anhelada paz. En ese momento, Alberto Fujimori ganó la legitimidad del pueblo, y de esa forma carta blanca para hacer y deshacer en nuestro país. La exitosa lucha contra el terrorismo le dio la solidez a su primer gobierno y la fortaleza para ejecutar medidas drásticas para sacarnos del abismo económico y reinsertarnos a la economía mundial. Con el brillante rescate de la residencia del Embajador de Japón en 1997, logró un segundo aliento para continuar haciendo reformas, y lamentablemente también para acumular más poder y restringir libertades para mantenerlo.

Fujimori desaprovechó el tiempo, pues, víctima de sus propias ambiciones, desperdició la oportunidad de construir un consenso social que estableciera que la democracia liberal era la mejor forma de vivir, y de paso, desacreditar cualquier ideología que restringiera libertades individuales.

Para las elecciones del 2000, luego de un débil crecimiento económico tras la crisis rusa de 1998 y la evidente ambición de Fujimori por enquistarse indefinidamente en el poder, el fantasma del terrorismo había desaparecido. Ya no teníamos un enemigo común que nos uniera - similar a lo que sucedió en USA con el fin de la Guerra Fría y, brevemente, luego de los atentados del 11 de septiembre. Por lo tanto, los peruanos empezamos a distanciarnos y, sin ninguna convicción básica que nos anclara, empezamos a volar sin rumbo.

Fujimori desaprovechó el tiempo, pues, víctima de sus propias ambiciones, desperdició la oportunidad de construir un consenso social que estableciera que la democracia liberal era la mejor forma de vivir, y de paso, desacreditar cualquier ideología que restringiera libertades individuales. El momento en que se hizo la nueva constitución de 1993, pudo ser el momento más importante de toda nuestra historia republicana. Sin embargo, sus propios intereses lo limitaron de hacer, en paralelo a los esfuerzos anti-subversivos y reformas económicas, un trabajo de concientización sobre el valor de vivir en plena libertad. Creyendo que él se mantendría en el poder eternamente, no generó espacios para lograr un acuerdo marco, en el que todos coincidamos en que la libertad es el bien más preciado, y por lo tanto, ideologías comunistas, totalitarias, entre otras, jamás tendrían cabida. Dejó que comunistas se reciclen y se infiltren, infectando todos los poderes e instituciones del Estado – y paradójicamente, son hoy, los que tienen en sus manos su propia libertad y la de su hija, Keiko.

El reto del siguiente gobernante estará en lograr nuevamente la unidad de los peruanos, que será lo que nos traerá paz. El Perú ya no resiste más confrontación ni sobresaltos, y no podemos permitir que cada cinco años lleguen personajes trastornados a vendernos la idea de que las libertades son subjetivas y que el Estado puede resolver todos nuestros problemas.