EditorialLunes, 12 de abril de 2021
Autocrítica necesaria

Hoy, día después de las elecciones que definirán la suerte de las próximas generaciones en el Perú, no podemos empezar nuestro editorial sin una profunda autocrítica. Una que alcanza, por supuesto, a los partidos políticos en primer lugar, claro está. Pero también a la clase empresarial, a la prensa, a la sociedad civil y a todos los peruanos. Hemos, pues, abandonado la política declarándonos ajenos a ella y hemos dejado de entender que ser apolítico es a priori una postura política. Así las cosas, el establishment de la derecha, desde su versión más conservadora en el señor López Aliaga, a su forma más liberal en el señor Hernando de Soto -pasando por un medio en la señora Keiko Fujimori- no fue capaz de tender alianzas. Si vemos sus votaciones aglomeran -sumando los votos del también defensor del capitalismo popular, César Acuña- un sólido 35%. Allí estará la tarea de quien acompañe al señor Castillo en segunda vuelta: en conquistar a un electorado heterodoxo y con anticuerpos.

La libertad que ha permitido la prosperidad de muchos ha sido dada por sentado, cuando es, más bien, una flor que requiere de vigilancia eterna y de constante trabajo de difusión. Allí la gran prensa se ha arrodillado al poder de turno y tiene también gran parte de la inmensa responsabilidad que hoy el Perú enfrenta.

La izquierda, por su parte ha cosechado el que quizás sea el peor golpe de las últimas décadas. Y no porque el señor Castillo haya logrado el primer lugar, sino justamente por eso. La izquierda ha enarbolado banderas de libertad civil como la unión civil o el enfoque de género. Planteando estas propuestas como el núcleo duro de su campaña le han cedido una posición a un personaje que representa la negación absoluta de la libertad: Pedro Castillo no cree en la libertad económica, pero tampoco cree -revisen ustedes su plan de gobierno- en las uniones civiles, en los derechos de minorías o en el enfoque de género. El señor Castillo es un maoísta que parece haber viajado en el tiempo y que sostiene las premisas económicas de quien es ajeno por completo a las artes de Adam Smith y es, al mismo tiempo, un tirano recalcitrante en el espectro de la libertad civil también. La izquierda no ha sabido leer a quienes supuestamente representa y ha intentado penetrar a los sectores más necesitados con un discurso más pituhippie que cambio social y lucha por la igualdad. Perdieron.

A esas dos ideas hay que sumarles que la prensa, quizás adormilada por las encuestas, no vio venir a Castillo. Y la clase empresarial, limeñocéntrica por antonomasia, ha perdido hace años el cordón umbilical que debiera conectarla con el Perú profundo para entablar relaciones de beneficio mutuo. La libertad que ha permitido la prosperidad de muchos ha sido dada por sentado, cuando es, más bien, una flor que requiere de vigilancia eterna y de constante trabajo de difusión. Allí la gran prensa se ha arrodillado al poder de turno y tiene también gran parte de la inmensa responsabilidad que hoy el Perú enfrenta. Y con ellos cada uno de nosotros: no podemos darnos el lujo de ser indiferentes.