EditorialMartes, 27 de abril de 2021
La hora del mea culpa

Buena parte de la clase empresarial del Perú -y más aún de la limeña- sigue pasmada preguntándose cómo es así que un candidato que se declara abiertamente marxista y leninista y que va acompañado de miembros de organismos de fachada de Sendero Luminoso puede haber calado tanto en electorado un país como el nuestro, que tanto ha sufrido por los anacrónicos planteamientos de la izquierda estatista y que aún llora a muertos que la brutal guerra que el terrorismo comunista desató contra nuestra democracia dejó.

La sorpresa, sin embargo, no debería llevar a tanto escándalo solamente, sino también a un proceso de introspección y -nos aventuramos a decir- de mea culpa. Hoy la clase empresarial pretende defender un modelo económico que ha puesto en práctica solo a medias y que ha sido demasiado condescendiente con el capitalismo de amigotes y las prebendas de algunos mercantilistas que se hacen pasar por empresarios y paladines de la libertad y se demasiados han normalizado a un punto lamentable la corrupción que los ha rodeado por años.

No decimos, necesariamente, que haya que ser parte de la corrupción para normalizarla. Pero resulta que hoy todo el Perú sabía cómo funcionaba el Club de la Construcción, por poner un ejemplo, y nadie dijo nada. Y ese agujero negro que se ha creado debido a la corrupción ha generado una fuerza centrípeta que le ha quitado dinamismo a la capacidad de ejecución del gobierno central, pero también -e igual de importante- a los gobiernos regionales. ¿Por qué ningún empresario se puso jamás de pie en contra de la corrupción cuando la vio pasar?

Hoy buena parte de la clase empresarial le ha declarado la guerra al comunismo. Es, por supuesto, una bandera noble: el comunismo empobrece y destruye los pilares de la sociedad y la esencia del individuo. Sin embargo, quizás se estén enfilando las baterías en contra del enemigo incorrecto. Creemos en esta redacción que los votantes que hoy votarían por el señor Castillo por ser un confeso seguidor de Lenin son una minoría. Ensayamos la idea de que es un grupo de votantes que votan más en contra de la indiferencia que del mercado.

Detrás de un voto que pretende decirse hijo de la hoz y el martillo hay está el pueblo más golpeado por la pandemia en el mundo. Estamos enfrentando estas elecciones con millones, literalmente, de familias de luto y con una contracción económica que ha tocado los bolsillos de todos. Y, como siempre pasa, los pobres son los primeros en recibir el golpe de la recesión. Este, el voto que hoy anida en Castillo, no es un voto de convicción; es un voto de protesta. Contra el establishment, contra la frivolidad contra el marketing en lugar de la responsabilidad. La buena noticia es que hay tiempo para reconocer los errores, pero no tanto. Es urgente hacer un mea culpa, como sociedad, para avanzar.