EditorialLunes, 10 de mayo de 2021
El camino hacia el abismo

El candidato comunista no ha llegado si quiera al poder, y dentro de sus filas ya emanan cataratas que anuncian los graves problemas internos que en el seno de su agrupación empiezan a crecer una gangrena de la que difícilmente podrán librarse con simpleza. Por ejemplo: antes del fin de semana, el candidato Castillo dijo -al mejor estilo soviético- que el único interlocutor válido para cualquier cuestión vinculada con Perú Libre era el mismo y que desautorizaba a todos los demás actores de tomar la palabra en nombre de su candidatura. Todo es él.

Esta mañana, sin embargo, el país entero ha conocido que el Doctor Modesto Montoya -un crítico feroz del modelo económico- ha sostenido una serie de reuniones y conversaciones con el señor Valdimir Cerrón (dueño y presidente del partido en donde Pedro Castillo es candidato) para analizar la posibilidad de crear un Ministerio de Ciencia y Tecnología. La situación lleva a reflexionar, más allá del tema de fondo… ¿Qué hace el doctor Montoya hablando con el señor Cerrón si el candidato Castillo acaba de quitarle base a cualquier rol hace días?

Por otro lado, la curiosa estrategia comunicacional en redes de Perú Libre ha llevado al, cada vez más solitario, candidato Castillo a señalar que la única cuenta válida para transmitir mensajes de Perú Libre es la suya propia; no obstante, hay otras varias que petardean a la oposición, lanzan arengas y empiezan a preparar el terreno para decir que -de ganar la señora Fujimori- se habría configurado un fraude y que hay que salir a las calles. Eso lo han dicho hoy mismo y hay dicho que Colombia parecerá Disney en comparación al Perú.

Quienes, informados del plan que económicamente pretende llevar Pedro Castillo adelante, votarán por él están con certeza pavimentando el camino hacia el abismo. Su plan de gobierno es, sin ninguna duda, una oda al peor comunismo anacrónico y retrógrado que se ha podido conjurar. Es una mezcla fatal entre absoluto intervencionismo económico y la pretensión de imponer una moral de hombre nuevo como si estuviésemos en plena década de los 60. Es una vergüenza que una supuesta progresista como Verónika Mendoza lo apoye.