OpiniónSábado, 5 de junio de 2021
Cómo perder un país
Fernando Rospigliosi
Analista Político

La escritora turca Ece Temelkuran publicó recientemente un libro sobre el proceso que llevó a su país a deslizarse hacia una dictadura populista islámica, “Cómo perder un país”, donde describe los pasos a través de los cuales se van desbaratando las instituciones democráticas y estableciendo las bases del autoritarismo.

Uno más de los varios libros que en los últimos años se han escrito analizando el descontento con la democracia y el aprovechamiento que hacen de ello caudillos populistas de izquierda o derecha, para establecer dictaduras que conducen a resultados mucho peores de los males que dicen combatir. El dictador Recep Tayyip Erdogan está en el poder desde 2003. A continuación algunos extractos del libro.

Una constatación:

“Esta locura política es un fenómeno global.”

Las teorías conspiranoicas no lo explican. Por supuesto que hay intervención extranjera pero,

“Es mejor reconocer–más pronto que tarde–que no se trata meramente de algo impuesto a las sociedades por unos líderes a menudo absurdos o limitados a una serie de operaciones digitales encubiertas del Kremlin: surge también de las bases”.

Se desprecia los incoherentes planteamientos del populismo, pero hay que entenderlos.

“El discurso movilizador de la nueva orientación política se alimenta de las percepciones provincianas de la vida y del mundo; unas percepciones que se juzgan demasiado arcaicas para que las entiendan los cosmopolitas”. “«Nosotros», como siempre, fuimos más inteligentes que «ellos», puesto que supimos combinar el análisis perspicaz con el brillante sarcasmo. Pero en cada plaza de cada ciudad del país eran las multitudes enfervorizadas las que jugaban el final de la partida, quizá no tan inteligentemente, pero con efectos devastadores.”

La gente necesita un caudillo:

“Por más que el individualismo como concepto haya gozado de un elevado estatus durante muchas décadas, el hombre corriente sigue necesitando un pastor que le conduzca hacia la grandeza.”

Son triviales y se les subestima:

“En cualquier país que experimente el auge del populismo es frecuente que se califique de pueril al líder populista. Reducir un problema político al nivel de tener que tratar con un niño travieso ejerce un efecto tranquilizador, constituye una reconfortante minimización de un problema serio.”

Ataca a los medios y los utiliza:

“El único truco importante que el líder populista tiene que dominar consiste en hacer creer a sus partidarios que rechaza a los esnobs elitistas y sus medios de comunicación. Y lo hace incluyendo a dichos medios en su definición de «la élite política», a la que posiciona como un oponente pese al hecho de que son precisamente los medios los que posibilitan su conexión con esas masas. (…)Además, en realidad no representa en absoluto un rechazo de los medios, sino más bien un modo de aceptarlos y utilizarlos.”

El final que les espera a los incautos que se entusiasmaron con el caudillo populista o que lo respaldaron por odio al adversario:

“Sin embargo, unos años después casi todos los intelectuales que habían apoyado a Erdogan o bien se exiliaron a otros países europeos, o bien terminaron en la cárcel.”

Debatir en términos racionales no ayuda mucho:

“Es como jugar al ajedrez contra una paloma: la paloma derribará todas las piezas, se cagará en el tablero, y luego saldrá volando, atribuyéndose orgullosa la victoria y dejándote a ti la tarea de tener que limpiar la mierda. (…) Ellos siempre pueden superar tu sarcasmo con su vulgaridad.”