OpiniónMiércoles, 14 de julio de 2021
La última fase: la tiranía
Raúl Labarthe
Investigador y analista económico

En el diálogo “La República”, donde alcanza su madurez filosófica y sintetiza su propuesta política, Platón propone que para que una sociedad sea justa debe de estar gobernada por una aristocracia de hombres que, a través del conocimiento, resolverían los problemas de la comunidad de la mejor manera. Pero, lejos de cómo se suele interpretar a Platón desde la cultura popular, como un idealista que abogaba por un gobierno autoritario que ordenara a la sociedad desde arriba, en realidad esta opinión elimina matices importantes de su pensamiento.

En primer lugar, si bien ‘diseña’ este estado aristocrático en su diálogo con Trasímaco y Glaucón, su objetivo nunca fue implementarlo efectivamente, sino que en realidad el objetivo del diálogo fue la demostración de que tal estado (de existir) sería justo. ¿Con qué fin? Con el fin de decir que un estado justo, lleno de prosperidad y felicidad, tendría que estar compuesto de ciudadanos justos, demostrando con ello que la justicia tendría un valor intrínseco; esta virtud en el hombre generaría felicidad en él y en su comunidad.

Sin embargo, Platón lejos de creer que este estado ideal sería el fin de la historia, en la improbable circunstancia de lograr dicha utopía filosófica, a lo largo de todo el Libro VIII se dedica a demostrar que su forma de gobierno también tendería necesariamente a una corrupción progresiva. Al ser filósofo pagano, tenía muy presente la circularidad de la vida, y señala que: “todo lo que nace está destinado a perecer, vuestro sistema de gobierno no subsistirá eternamente, se disolverá algún día.”

¿Y qué iniciará esta degeneración? Esencialmente la corrosión de la república a partir del desarrollo del vicio en las distintas esferas sociales. A diferencia del pensamiento liberal y moderno, donde la esfera pública y privada se pretenden fuertemente separadas, y donde Mandeville dirá que los “vicios privados pueden ser virtudes públicas”. Platón por el contrario establece una necesaria relación entre la virtud de los ciudadanos y la calidad de la justicia de su comunidad. Lo que sucede en macro, es un signo de lo que sucede en micro.

En el contexto de crisis que vive la República del Perú, leer al padre de la filosofía occidental, ciertamente da muchas lecciones a rescatar. Una de ellas es que, si bien la tecnocracia tiende a analizar los resultados de las políticas en función a los incentivos que tienen las leyes en los ciudadanos, en la economía o en la política; sin ciudadanos virtuosos una comunidad jamás podrá gozar de paz, prosperidad y estabilidad. El factor ético y cívico es clave; no enseñar que debemos ser justos, sino demostrar que si lo fuésemos el Perú sería mejor para todos.

Otra lección es asimismo que hasta el más idealista de los filósofos —al punto que se usa mucho el adjetivo ‘platónico’ como sinónimo de utópico— señalaba que su forma de gobierno perfecta tarde o temprano degeneraría hasta la tiranía. La secuencia degenerativa sería la de: la aristocracia, la timocracia, la oligarquía, la democracia y la tiranía. Si concebimos el orden político como un reflejo de los valores morales de los ciudadanos, pareciera que el Perú se decanta, luego de años de una democracia sin valores, hacia la tiranía. Que Dios nos ayude.