EditorialDomingo, 18 de julio de 2021
Un quinquenio para el olvido

El rigor que pretendemos imprimirle a nuestras opiniones nos hace imposible sentenciar, desde el pedestal de la Historia, cómo es que este quinquenio -que en los próximos diez días llegará a su final- será percibido por quienes, con perspectiva y la ponderación que ésta permite escriban sobre el periodo presidencial que empezó en 2016; sin embargo, hay ciertas pinceladas que, con todo lo vivido hecho ya un cúmulo de información, podemos esbozar. Y ciertamente creemos que estos cinco años le han encajado al país un daño irreparable en mucho más dimensiones de las que, de buenas a primeras, uno podría esperar. Ha sido el quinquenio de la incineración de nuestra endeble institucionalidad. Y ha sido un quinquenio en donde la Constitución ha pasado a ser un documento semántico a disposición de interpretaciones fácticas y otras perversiones. Así, los años que lleguen deberán -también- enmendar la resaca.


La figura de la vacancia presidencial fue utilizada con demasiada lubricidad por el congreso en contra del señor Kuczynski y se dejó abierta una caja de pandora que ha permitido que la configuración de poderes y el sistema de pesos y contra pesos que debiera regir nuestra República quede devastado. El Perú es, en teoría, un país presidencialista; no obstante, en la práctica ha sido un país semi-presidencialista por las importantes potestades que el poder legislativo ha tenido como prerrogativas frente al ejecutivo. Durante estos años hemos dado pasos irreversibles -salvo intervención urgente- hacia un parlamentarismo que no se condice con las condiciones jurídicas sobre las que nuestro Estado se sostiene. No se puede armar al congreso con facultades jacobinas frente a un poder ejecutivo que, sin una bancada o una alianza parlamentaria, quede en absoluta incapacidad de ejercer las funciones que la propia Constitución le otorga.


El Tribunal Constitucional, por su parte, sido la antítesis de lo que debiera representar: el último bastión de la exégesis de los valores sobre los que se basa nuestra República. Desde las interpretaciones fácticas hasta las cuestiones de confianza se han corroído más y con cada vez mayor virulencia los cimientos canónicos de un país que -todos tienen derecho a tener sus propias opiniones; no a tener sus propios hechos- venía creciendo y reduciendo la pobreza sistemáticamente desde hace ya algunas décadas. Esto, por supuesto, no significa que no hayan miles de tareas inconclusas ni de retos por enfrentar, sin embargo el daño que el señor Vizcarra y sus amigos -raqueteros en su mayoría- han perpetrado no podrá ser superado con simpleza. Falsas luchas, referéndums inútiles y reformas sin cambio han dejado al Perú en una situación impúdica de fragilidad frente al futuro. Una vez más, necesitaremos que Dios nos ayude.