OpiniónMiércoles, 8 de septiembre de 2021
El negocio feminista
Vanya Thais
Periodista

Hasta hace algunas semanas, la activista brasileña Sara Winter cumplía arresto domiciliario por defender la vida de los no nacidos en Brasil y exponer la falacia feminista. En muy resumidas cuentas, la mujer había sido activista feminista (de las principales en Brasil) y luego de un aborto muy mal practicado que pudo haber terminado con su vida, no solo se alejó del movimiento, sino que expuso el negocio y la mentira que traía consigo esta “movilización espontánea”. Winter ha vivido un auténtico calvario a causa de su conversión y es justo ahí donde debemos detenernos a pensar algo muy elemental: ¿por qué hay tanto escarnio popular hacia aquellos que se convierten a la fe y deciden levantar la bandera provida? O sin sumarle esa causa, ¿por qué causa tanto revuelo que una mujer decida libremente vivir en el camino de la fe (sea cual sea)?

Volviendo al Perú, sería bueno que analicemos a las feministas de nuestro país. Es verdad que no podemos ser injustos y comparar, por ejemplo, a la Dra. Elizabeth Zea, que hizo una hermosa reseña sobre la Mayor PNP (f) Nancy Páucar, quien dio su vida luchando contra el narcoterrorismo en el Vraem, con las señoritas de Ni Una Menos Perú, que tienen indignación selectiva y que solo reclaman injusticias cuando las afectadas por el temible machismo, son de izquierda. Hablaremos entonces, específicamente, del -hipócrita- feminismo de izquierda (ese que Carla García parchó en vivo durante su programa cuando una activista pretendía decir que el movimiento en el Perú no tiene color político).

El feminismo zurdo tiene una narrativa y un discurso frágil. Toda esa sororidad (otra vez, selectiva), el apoyo incondicional y la hermandad que supuestamente crean, son discursos importados de movimientos que han destilado cuidadosamente las palabras que deben usar las militantes a nivel mundial. Parten del marxismo, porque reclaman “igualdad”, aunque saben perfectamente que es imposible que un ser humano sea igual a otro. Reclaman libertad, pero les molesta que una mujer decida libremente hincarse de rodillas ante el altar usando una mantilla sobre la cabeza para orar en latín. Condenan la violencia del Estado opresor (que es un macho violador - lo dice su nuevo himno), pero quieren que crezca para darles asesorías de nuevas masculinidades y demás gastos innecesarios desde el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables. Quieren que la mujer trabaje, sea profesional y cumpla los sueños que ellas imponen a través de la cultura como correctos, pero si la mujer desea vivir en sumisión cristiana, abocada a su familia y a la crianza de sus hijos, está oprimida y no sabe la pésima decisión que ha tomado.

La verdad es que el movimiento feminista, sobre todo en esta época, es un gran negocio que vende hermandad, pero nos da un puñado de personas que no se preocupan realmente por el bienestar de otras mujeres, sino por el de su movimiento y los cheques que cobran a fin de mes por vandalizar algún edificio público en nombre de su “sororidad”.

Es tiempo de reenfocar la violencia y no asignarle un sexo: la violencia a la mujer no está mal por ser específicamente contra la mujer, sino por ser violencia hacia un ciudadano peruano. Hemos perdido la investigación y la prevención de los delitos y faltas en la Policía Nacional del Perú y los miles de casos de violencia contra mujeres, niños, hombres, homosexuales y demás, deben servir como referencia de investigación para poder prevenir estos delitos. Lo que necesitamos es seguridad humana con enfoque de paz y un cuerpo policial capacitado, no feministas que demuestran su opresión abandonando la depilación.