OpiniónDomingo, 12 de septiembre de 2021
El legado de Guzmán
Fernando Rospigliosi
Analista Político

Abimael Guzmán murió 29 años después de su captura, dejando a sus herederos, simpatizantes y seguidores en el gobierno. Esa es la trágica realidad.

En 1993, poco después de ser detenido por el Grupo Especial de Inteligencia de la Dircote, Guzmán se rindió públicamente, en un video en el que aparece con toda la cúpula terrorista.

El llamó a sus seguidores a abandonar la guerra popular, el terrorismo, y seguir el camino político. Lo hacía no por convicción, sino porque había sido derrotado y estaba preso.

Una parte de sus seguidores le hicieron caso y desde ese momento intentaron crear grupos políticos para trabajar desde la legalidad, pero buscando los mismos objetivos de antes, instaurar una dictadura comunista.

Durante todos estos años dos ideas equivocadas han sido muy populares: cuando fue detenido Guzmán, Sendero Luminoso (SL) estaba a punto de tomar el poder o muy cerca de conseguirlo. La otra, el llamado a dejar las armas era solo una estratagema para retomar después el mismo sendero de la violencia y el terrorismo.

En 1992 SL había sido derrotado por las Fuerzas Armadas en el campo y realizaba una serie de brutales atentados en las ciudades, como manotazos de ahogado, para no desaparecer, y no para alcanzar el “equilibrio estratégico” del que falsamente se jactaba Guzmán.

Desde 1988 aproximadamente, ya las FFAA habían aprendido y ganado experiencia, sobre todo entendiendo que los campesinos no eran una masa indiferenciada y que SL había usado desde el principio los conflictos ancestrales de una comunidades con otras, y dentro de las comunidades, para ganar adeptos. Con una política más inteligente, aliándose con los propios campesinos y contando con un poder de fuego abrumadoramente superior, los fueron aislando y aniquilando.

La estrategia de Guzmán, un burdo calco de la de Mao Zedong, guerra del campo a la ciudad, no tenía ninguna posibilidad de éxito en el Perú, un país con más de 60% de población urbana en aquella época y con casi toda la producción económica fundamental fuera de las áreas donde operaba SL.

Y en las ciudades es imposible desarrollar un “ejército revolucionario”, como ya habían demostrado las experiencias de Chile, Argentina, Uruguay y Brasil. Además, “la ciudad es una trampa mortal para los revolucionarios”, como sentenció el filósofo francés Regis Debray, ideólogo de la revolución cubana. Una verdad irrebatible, que se comprobó con la misma captura de Guzmán.

Solo subsistieron dos pequeños grupos terroristas asociados al narcotráfico, en el Alto Huallaga y en el Vraem. Ahora solo sobrevive este último.

En los documentos manuscritos de Guzmán que la policía incautó antes de su captura, había una descripción detallada de sus efectivos y las armas con que contaban: 250 armas de guerra (fusiles de asalto, metralletas, etc.) y 921 otras armas (pistolas, revólveres, etc.). Es decir, un arsenal ínfimo. (Ver Carlos Tapia, “Tiempos oscuros”).

En suma, SL nunca estuvo cerca de tomar el poder. Ese no es un consuelo, porque el daño que causó fue inconmensurable, pero lo cierto es que nunca hubiera podido derrotar a las fuerzas del orden.

El segundo error que muchos cometieron, es creer que SL de Guzmán se preparaba para volver al terrorismo. En realidad, ellos sí entendieron que no podían vencer militarmente a las fuerzas del orden y sus esfuerzos se centraron en tomar el gobierno utilizando la democracia.

Por eso en las varias operaciones que ha realizado la policía contra el Movadef, la fachada de SL, nunca les han encontrado ni un arma, ni una bomba, ni una bala.

Su trabajo ahora ha rendido sus frutos, porque varios de sus herederos se han apoderado del gobierno, en alianza con otros extremistas, simpatizantes del MRTA, seguidores de Antauro Humala y agentes de Cuba y Venezuela.

Echarlos será difícil, pero es indispensable hacerlo lo más pronto posible, antes que puedan concretar el sueño del criminal que acaba de fallecer: instaurar una dictadura comunista en el Perú.