EditorialDomingo, 12 de septiembre de 2021
Nada que celebrar

Murió el genocida, torturador y terrorista más sanguinario de América; y a pesar de haber muerto en cuerpo y alma, sus ideas de maoísmo no sólo persisten sombríamente en nuestra comunidad, sino que muere sabiendo que alcanzó el objetivo final de toda la guerra popular: lograr que el propio Sendero Luminoso tome el poder. Muchos podrían cuestionar esta afirmación, dirán que Pedro Castillo, Guido Bellido o Vladimir Cerrón, no son terroristas porque no tiraron bombas, ni molotovs -como sí lo hiciera otrora Íber Maraví en sus años mozos-, ni cuelgan perros, ni masacran campesinos. Por supuesto, ¿para qué habrían de hacerlo? Si el objetivo de la guerra popular siempre fue uno sólo: la toma del poder. La única diferencia entre ellos y Guzmán, es que están en una siguiente fase de la revolución, y su objetivo es el del mantenimiento del poder que acaban de obtener.

Lejos de alegrarnos frente a la muerte de Guzmán, entendible en cierto ángulo cortoplacista, lo cierto es que todo hace parecer que Sendero Luminoso perdió la guerra militar, pero ganó al interior de la democracia, porque hemos perdido la Historia. Hace 29 años, al verse ya capturado y frente al general Vidal de la PNP, Abimael se señalaba la sien con el dedo índice derecho diciendo: “si uno muere, esto queda en los demás, y eso nunca se va a borrar”. La maldición parece haberse consumado. Hoy los apologistas de sus ideas gobiernan nuestro país, mientras que los jóvenes piensan que ayer murió un actor o una estrella de rock. Frente al agravante de que la organización maoísta esté en Palacio de Gobierno, con la muerte del genocida se vislumbran dos riesgos claves: uno inmediato y otro mediato.

El primer riesgo inmediato es qué hacer con el cuerpo. El abogado de Guzmán, a pedido de la terrorista y esposa del genocida -camarada Miriam- Elena Iparraguirre, ha reclamado el cuerpo para que sea enterrado; mientras que el ministro Aníbal Torres ha señalado que esto dependerá del Ministerio Público, y que no existe un protocolo. Desde la presente redacción creemos que es vital incinerar el cadáver para que se arrojado en altamar sin ningún tipo de posibilidad de que se genere un lugar de culto. La terrorista Iparraguirre ha buscado además victimizar al genocida, señalando que el Estado ha sido el responsable de la muerte de su esposo y que haría hasta lo imposible para obtener la “custodia” del cadáver. Esta crisis pondrá a prueba fehacientemente las lealtades del presidente Castillo, si “cede” ante estos reclamos, el mensaje es claro: Sendero gobierna.

El segundo riesgo, pero de corte mediato, es el renacimiento del Pensamiento Gonzalo sin Gonzalo. Como es sabido, el 20 de octubre de 1992 Abimael Guzmán Reynoso junto al Comité Central del partido, presentaron un acuerdo de paz señalando a su militancia -en los mejores términos leninistas- que las condiciones objetivas dejaron de estar alineadas a las condiciones subjetivas y que, por lo tanto, el momento de la guerra popular debía pasar al ámbito político y dejar el militar. La guerra prolongada es parte del pensamiento maoísta, que atado a la máxima de Clausewitz: “la guerra es una prolongación de la política”, abre la posibilidad de que alguna de las facciones del senderismo -incluida la que gobierna- considere que estas condiciones objetivas han vuelto a confluir con las subjetivas, iniciando nuevamente la guerra popular militar (ya que la política nunca acabó).

Por todo ello, desde la presente redacción consideramos que no hay nada que celebrar. Abimael Guzmán no fue Sendero Luminoso, sólo su líder más importante, pero en la óptica maoísta, los individuos son descartables. Contra lo que luchamos es contra las ideas venenosas que este genocida inyecto en miles de peruanos que hoy siguen influyendo en todo ámbito del acontecer nacional. Nada se ha ganado aún, y con Sendero en Palacio de Gobierno, nada hay que celebrar.