EditorialDomingo, 26 de septiembre de 2021
Su rechazo es nuestra medalla

La izquierda peruana -y cuándo no también, ese centrismo caviar que pretende pontificar de tolerancia- han puesto el grito al cielo frente a la llegada de tres representantes del partido político Vox de España: su vicepresidente y diputado, Víctor González, el eurodiputado Hermann Tertsch y el director de la Fundación Disenso, Jorge Martín Frías. Sin ir más lejos, tuvimos nosotros el gusto de entrevistar al diputado González, quien explicó que su objetivo en el Perú no es más que el de promover una iniciativa para unir a todas las fuerzas políticas de los países de habla hispana y portuguesa en contra del avance del Foro de Sao Paulo y del Grupo de Puebla que tanto han avanzado en su control de este bloque geopolítico.

Sin embargo, Verónika Mendoza, quien ya en abril proponía que, en un eventual gobierno suyo, reconocería al dictador Nicolás Maduro como interlocutor válido -como hoy hace nuestro actual mandatario-, no es la primera vez que rechaza selectivamente el arribo de políticos extranjeros. Calificó al partido político Vox de fascista, cuando sus integrantes jamás han reivindicado a ningún régimen fascista, pero cuando Juan Carlos Monedero -miembro fundador de Podemos, partido de izquierda chavista en España- ahí no había ningún problema. Lo que Mendoza no quiere es competencia, y por eso califica de fascista a un partido que no es más que una fuerza de derecha conservadora que jamás a puesto en cuestión las reglas de la democracia. No apoyan a dictaduras comunistas como Mendoza, Monedero y Podemos.

Habrá otras fuerzas políticas de derecha en Europa que puedan ser asociadas con el fascismo. Sin embargo, no es el caso de Vox. El líder de esta agrupación, Santiago Abascal ha declarado muchas veces que rechazan el racismo: “no se puede ser español y ser racista al mismo tiempo”. Y que lo único que traen sobre el tapete es una alternativa de derecha conservadora. Lo que sucede, es que -tanto la izquierda como el centrismo políticamente correcto- consideran que sólo deben valer y defenderse la libertad de representación, de expresión y de pensamiento de aquellas minorías oprimidas o relegadas. Si bien es evidente que deben ser protegidas por un marco legal que defienda sus derechos, estos no pueden estar por encima de las mayorías silenciosas quienes tienen también el derecho de defender su punto de vista. La libertad de ser conservador también importa, y nos guste o no, Vox representa esa defensa.

Para la izquierda Vox es fascismo, pero sólo es la izquierda la que sigue aplaudiendo impunemente a regímenes comunistas y totalitarios como los de Cuba, Venezuela, Corea del Norte y también -por qué no decirlo- China. Vox es fascista, pero han defendido una y mil veces la necesidad de un estado moderado, del equilibrio sano de poderes, la defensa de las instituciones -en su caso la monarquía constitucional-, y la igualdad frente a la ley. Vox es fascista pero la izquierda –en el más puro maquiavelismo político- recibe plata de la teocracia de Irán para financiar sus proyectos políticos, como lo confesó sin reproches Pablo Iglesias en un congreso comunista. Los únicos en España que no han cambiado sus siglas desde la Guerra Civil, es el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), y necesitan y necesitarán siempre estas heridas abiertas para que sus caducos proyectos políticos subsistan.