EditorialLunes, 4 de octubre de 2021
¿Hacia la segunda barbarie?

La reciente propuesta del mandatario de avanzar hacia la Segunda Reforma Agraria con el objetivo de “terminar lo pendiente de la primera” ha puesto al país en expectativa (para mal). Esto debido a que -más allá de lo que podría ser considerado una política de desarrollo productivo ‘heterodoxa’- el título y el simbolismo político de anunciar la decisión el mismo día del golpe de estado de 1968 contra el presidente Fernando Belaunde Terry, por parte del general Juan Velasco Alvarado; parece demasiado provocador. Y lo es porque, en definitiva, fue -además de una política implementada en dictadura, un fracaso desde todo punto de vista: económico, político y social. Vamos a explicar por qué.

Lejos de ser una gran reforma, la Reforma Agraria iniciada en 1969, fue nociva para el Perú. El objetivo era terminar con el régimen latifundista -explotación agraria en grandes terrenos-, que era percibido como un problema debido a que no se aprovechaba la totalidad de la tierra. Desde la poltrona del poder, la fatal arrogancia de los gobernantes los llevó a creer que conocían mejor cómo planificar la economía desde arriba, considerando que el estado podría dirigir mejor la economía que los empresarios. Además, se consideraba que había mucho poder de negociación entre el dueño y el trabajador, lo que llevó a querer cambiar la estructura de la titularidad de tierras del país: un cristiano, había que expropiar.

¿Qué se hizo? 10 millones de hectáreas fueron expropiadas a latifundios y también predios menores, la mayoría de estos expropiados entre 1974 y 1975, a pesar de que se anunció la reforma desde 1968. Las haciendas se sustituyeron por cooperativas agrarias, que -manejadas por los trabajadores organizados- debían continuar con la producción; sin embargo, pronto aparecieron los problemas. La falta de capacidad logística y técnica de los trabajadores destruyó la capacidad productiva, y mientras en 1970 éramos exportadores netos de alimentos al mundo, en 1980 pasamos a ser importadores netos. Fue la antesala de la serie de crisis económicas que vivió el Perú en los años 80s.

¿Por qué cayeron las exportaciones? Porque la producción agrícola, que venía creciendo a ritmo constante desde 1950-1965, se estancó por más de 25 años por culpa del caos de la reforma agraria. Con el cambio del modelo económico a partir de 1992, hubo nuevamente confianza de los inversionistas para invertir en el sector agrario y recuperarlo. Sólo la inversión privada trajo un alza de salarios y de empleo sin precedentes en el pasado. Hay diversos “especialistas” que les gusta hacer el vínculo “pragmático” e “innovador” de señalar que sin Juan Velasco y su reforma agraria -aun así, fallida- Sendero Luminoso se habría desarrollado con mayor intensidad y en un menor plazo.

Ciertamente esta tesis da para el debate, pero habría que sumar un aspecto fundamental que no queda claro si lo consideran. ¿Qué fomenta más la revolución que la pobreza? Bueno, la primera reforma agraria prometió que el patrón dejaría de “comer de la pobreza del obrero”, y terminó obligando a comer de su propia pobreza. Entre esos años -1970 y 1985- la pobreza en el Perú de 35 a 42%, 7 puntos porcentuales, y sin haber llegado aún a la crisis hiperinflacionaria de García. Es difícil imaginar cómo es que una reforma que empobreció al Ande, y lo aisló de cadenas productivas que le permitían tener un trabajo, pudo ser un mitigador del conflicto social. Porque cuando se destruye la creación de riqueza, se perjudican todos.

Aún falta que sea presentado en limpio el proyecto de ley que pretende aprobar presupuesto para esta medida. Ese momento será el adecuado para evaluar realmente qué se está planteando. Pero: 1) no tomar en cuenta a las grandes empresas en el diseño, 2) y reivindicar a Velasco y a su reforma agraria; es sin duda, un pésimo inicio.