EditorialDomingo, 10 de octubre de 2021
El resquebrajamiento de la peruanidad

El auge en la escena política del partido del lápiz debería de llevarnos a una reflexión profunda en relación con el trasfondo del proceso que está viviendo nuestra república. La fragmentación política, económica, cultural, -e inclusive informativa- que sufre el Perú, aunque evidente para muchos, es el fundamento de sus actuales problemas. La brecha entre Lima y el interior, entre formales e informales, entre quienes hablan quechua, aymara o español; o inclusive entre quienes ven Willax y escuchan radios regionales subversivas. En el fondo del problema está las preguntas atrevidas pero fundamentales, ¿tenemos en común los peruanos algo más que habitar un área redondeada por nuestras fronteras? ¿en qué consiste ser peruano? ¿es lo que cada uno crea? ¿puede el sistema político actual sostenerse en el largo plazo sin resolver esto?

Son todas preguntas que saltan a la luz -o deberían- para todos los que analizamos la coyuntura nacional y nos preguntamos -como Zavalita- si es que acaso alguna vez “se jodió el Perú” y desde cuándo. Esto me lleva reflexionar sobre los distintos momentos históricos donde realmente se pensaba al Perú desde un prisma original y nacional, y no desde la importación acrítica de ideologías simplonas que no se fundamentan en la realidad peruana. El debate nacional respecto a qué es ser peruano se dio muchas veces y de manera constante a lo largo de nuestra historia, y hoy se ha perdido mucho ese enfoque. Pensadores como José Carlos Mariátegui, Víctor Raúl Haya de la Torre, Víctor Andrés Belaunde Diez-Canseco, Manuel Gonzáles Prada, entre muchos otros, forjaron el debate en torno a este problema, cada uno desde sus distintos ángulos y marcos teóricos.

¿Por qué esto importa? Porque cuando escuchamos a Pedro Castillo reavivar los odios profundos entre los peruanos, basados en la reivindicación del indigenismo y de la leyenda negra española como género de discurso, donde el oprimido quechua-hablante fue siempre explotado y marginado, jamás integrado al orden virreinal explotador y extractivista; lo que estamos escuchando es a José Carlos Mariátegui en versión empaquetada. ¿Pero es que acaso no hay ni hubo alternativas a esta posición donde la lucha de clases fuera el fundamento de la evolución histórica del Perú? Por supuesto que sí. Y sólo regresando a los pilares de ese debate es que se podrá enfrentar en el largo plazo al marxismo-leninismo -que hoy hace hincapié en las grietas irresolubles de la Patria por la ley histórica del materialismo dialéctico-.

Por ejemplo, para Belaúnde Diez Canseco la peruanidad no se podía entender sin la nación creada en base al cristianismo y al mestizaje, promovido por el orden político español, que, a pesar de sus excesos en la Conquista, logró la constitución de un nuevo pueblo sobre la base de una misma religión y lengua. Esa es una alternativa, como puede haber muchas otras en respuesta a la tesis planteada por Perú Libre. Lo cierto es que sin ideas no se puede ganar al marxismo-leninismo. Importando ideologías y movimientos extranjeros que no tienen correlato con nuestra realidad histórica, tampoco. Cuando vemos que Perú Libre avanza en la ‘liberación’ del Vraem, en la idea de una república ‘plurinacional’, en su economía ‘popular con mercados’, en su justificación -aunque clandestina- del accionar de Sendero Luminoso; ¿sólo tenemos para decir que están mal? ¿Cuál es la propuesta?

Esta es la labor pendiente que tiene la intelectualidad contraria al proceso revolucionario que -sin ninguna duda- seguirá en pie desde el gobierno del presidente Castillo. Ante el resquebrajamiento de aquello que nos une, debemos reevaluar, ¿por qué no tiene razón Castillo al dividirnos en razas, lenguas y regiones? No la tiene porque nuestro país se funda, queramos o no, sobre el orden político español superpuesto a la teocracia tahuantinsuyana, sobre una misma lengua y religión durante 300 años -más de los que tenemos como república-. Este es el debate de fondo, y el único camino posible para un movimiento de derecha que deje de defender intereses y empiece a defender principios e ideas.