OpiniónDomingo, 21 de noviembre de 2021
La amenaza de la ideología globalista en la era post-covid
Alfonso Merlos
Periodista español

Pareciera que la Humanidad ha entrado en una era o, al menos, en un bache temporal de duración indeterminada en el que plagas de distinta índole la amenazan o acechan. Cuando la depresión del covid-19 no está definitivamente superada, Occidente se enfrenta al problema material del desabastecimiento de productos -incluidos los de primera necesidad- y, se anuncia, de forma tan descarada como inexplicable, un apagón energético que carecería de precedentes históricos.

Da la sensación de que la globalización ha hecho crisis y, con la muerte de lo viejo, lo nuevo (¿el globalismo?) no termina de emerger. Pero, peor aún, probablemente la etapa que dejamos atrás no es que sea superada sino, al contrario, empeorada por la que (impulsada no se sabe con certeza por qué fuerzas aún) pretende abrirse paso.

Pocos se han atrevido hasta hoy a poner en cuestión las bondades de la globalización. ¿Quién puede considerar un estorbo el aumento continuo de la interconexión entre las diferentes naciones del mundo en el plano económico, social, tecnológico y, en su caso, político? ¿Quién puede ver una sombra en la mayor rapidez y facilidad para el intercambio de los propios adelantos científicos u otra suerte de transacciones internacionales vinculadas al progreso?

Cuando se hace más asequible el acceso a un mayor número de bienes y servicios, cuando se aceleran los procesos de investigación y aprendizaje, cuando se potencia el turismo (en sus distintas vertientes) y la propia movilidad de las personas… de salida, pocos individuos o grupos pueden manifestarse en contra.

La cuestión es si esos pocos no están empujando, presionando y usando herramientas tenebrosas -algunas todavía por descifrar- para galopar hasta un escenario no ya globalizador sino globalista. Y es que, cuando se dejan en un segundo o tercer plano ocupaciones y preocupaciones tan perentorias y primordiales como la creación de riqueza o la reducción de los márgenes de pobreza para elevar a los altares todo cuando rodea a la lucha contra el calentamiento global, la aceptación de los movimientos migratorios ilegales y la promoción de la ideología de género, de una forma obsesiva-compulsiva, el problema es de una envergadura notable.

Con el globalismo, el debate público se simplifica hasta latitudes de auténtico raquitismo, el marxismo cultural se abre paso a codazos impregnando y manchando todos cuantos ámbitos de la vida alcanza, se configura una suerte de gobierno global (con desprecio total al cosmopolitismo) que trabaja para extender una suerte de orwelliano pensamiento único; en definitiva, a la Humanidad se la intenta conducir como a un rebaño, eso sí, recogido y estabulado, nunca a campo abierto.

De la izquierda a la derecha más radical y antisistema, pasando por el regionalismo más rancio o el nacionalismo más troglodítico y excluyente y cavernario, de repente, y por supuesto de modo paradójico y caricaturesco, a todos estos actores les entusiasma el globalismo, la nueva religión cuyo evangelio, con sus correspondientes mantras, se ha dado en denominar ‘Agenda 2030’.

Más pronto que tarde debiera la Sociedad Internacional analizar el riesgo que significa la materialización de una ideología monolítica como único cauce por el que dirigir el futuro del planeta. Estamos dejando peligrosamente atrás fenómenos que eran puramente técnicos, que no dañaban el pensamiento, y que generaban prosperidad de país en país. Estamos entrando vertiginosamente, siendo literalmente engullidos, en un engranaje, lubricado por una ideología espesa, convertido en letal trituradora de nuestro espíritu crítico y de la propia pluralidad de cada Estado-nación.

No se trata de una deriva neutra ni inevitable, ¿seremos capaces de combatirla o nos dejaremos arrastrar, de brazos caídos, hasta una resignación suicida?