OpiniónMartes, 23 de noviembre de 2021
Polos opuestos y nuevas formas de hacer política

El Domingo se llevaron a cabo las elecciones en Chile y los resultados no fueron sorpresivos. El primer lugar se lo llevó José Antonio Kast, del partido republicano, quien fue seguido muy de cerca por Gabriel Boric, uno de los promotores de las movilizaciones sociales que se han venido dando en el país sureño. Definitivamente los grandes perdedores fueron los partidos tradicionales, quienes inclusive quedaron por debajo de Franco Parisi, el cual hizo campaña desde Alabama y nunca pisó territorio chileno. Esto se puede explicar por el descontento de la población ante medidas centristas que no representan mayor cambio ni solución a los problemas que golpean diariamente a los ciudadanos. Kast ganó votos con un discurso muy sensato que favorecía la inversión privada, el empleo y garantizaba medidas estrictas en cuanto a seguridad ciudadana, principalmente en la Araucanía. Boric, por su lado, mantuvo una línea pegada a los movimientos sociales como el feminismo o la lucha medioambiental, aunque en materia económica no se le vio muy preparado en los debates. No debería asombrarnos que la derecha haya optado por el candidato más conservador ni que la izquierda haya optado por la opción más radical.

Chile es un país en el cual, al igual que en Perú, durante muchos años se ha venido trabajando un discurso político que minimiza y resta mérito a todas las medidas económicas y sociales que se tomaron durante gobiernos autoritarios por el simple hecho de haber quebrantado el orden democrático. Se ha satanizado a tal punto la imagen de ambos expresidentes que el principal argumento para convocar una asamblea constituyente y cambiar la constitución es que esta no se construyó en democracia. Gabriel Boric aprovechó el descontento creado por líderes políticos estos últimos tiempos y, después de la recordada subida de precios del transporte público, contribuyó a generar más caos. Sorprendentemente su aprobación era alta e incluso se justificaba el vandalismo en las calles. Asimismo, cuando surge una postura extrema como lo es la izquierda chilena, crece la imagen de su antagonista. En este caso, la derecha conservadora de Kast, quien a pesar de no ser igual de radical que su contrincante, mantiene una postura más polarizada que derechas como la de Sichel o Parisi.

En conclusión, el electorado chileno, al igual que el peruano, no tiene una postura política definida. Simplemente van a ir variando su voto de acuerdo con los problemas que consideren sean relevantes en ese momento. Como lo mencioné previamente, hace unos años las preferencias denotaban un anhelo por el cambio de constitución y el respaldo a las fuerzas políticas de izquierda. Esto no significa que el electorado sea de izquierda, sino que en ese momento su prioridad era luchar contra una constitución hecha en una dictadura, sin haberla leído, sin ser conscientes del peligro que traía ni de quienes estaban detrás de ello. Lo mismo sucedió en Perú con las marchas contra el presidente constitucional Manuel Merino. Muchos que marcharon después se dieron cuenta del trasfondo de las marchas y de la poca credibilidad de sus líderes. En Chile, la poca importancia que le da Gabriel Boric a la seguridad ciudadana, sus vínculos con terroristas, su peligroso plan económico y la gran probabilidad que continúen los saqueos disfrazados de protestas sociales, hace que Kast gane preponderancia y que esté arriba en las encuestas. Ahora es responsabilidad suya hacer alianzas y, en caso salga electo, hacer un gran gobierno para que Latinoamérica no caiga en manos del socialismo.