EditorialJueves, 25 de noviembre de 2021
Crónica de un (des) gobierno

¿Qué significa gobernar? El gobierno es el pilar operativo más importante de un estado, y aquel que emana directamente del poder político. No es el único pilar, ya que existen otras instituciones que no dependen (o no deberían de depender) del poder político, como lo son los organismos autónomos, el poder judicial, el banco central, y similares. Gobierno es un término que proviene de la palabra griega kybernéin, que significa literalmente “pilotear un barco”. Por lo tanto, gobernar significa pilotear, dirigir, dar “un norte” a un estado en cuanto a objetivos de corto, mediano y largo plazo. El gobierno en democracia, además, implica hacer lo anterior en respeto a las instituciones democráticas y al estado de derecho, así como hacerlo rindiendo cuentas al soberano en una república, que es “el pueblo”.

Pedro Castillo, en sus casi 120 días de gobierno se ha caracterizado por tres cosas: 1) un discurso populista rampante lleno de eslóganes vacíos en apelación a un pueblo que en un 58% no confía en él, 2) la falta de capacidad para tomar decisiones, lo cual se traduce en el constante cambio de autoridades ministeriales por diversos escándalos de corrupción, de nepotismo, de iniciativas anticonstitucionales y de vínculos con el terrorismo, y 3) la ausencia absoluta de rendición de cuentas a la ciudadanía por estos hechos, los cuales sólo siguen acumulándose en la tinta de los diarios, pretendiendo que con meros ‘cambios de fusibles’ basta para esconderlos bajo la alfombra. Sin temor a equivocarnos, Pedro Castillo ha instaurado en el Perú la anarquía y el desgobierno, con un halo de corrupción, mercantilismo y chabacanería sin precedentes. Por lo tanto, a la pregunta, ¿existe gobierno en el Perú? Nuestra respuesta es contundente: no.

¿Por qué se da esto? Se da por múltiples causales. Algunas de las más importantes son, en primer lugar, al hecho de que Castillo se lanzó en una candidatura de manera absolutamente improvisada, llevándolo a intentar armar un gobierno sobre la marcha, donde inclusive el propio partido que lo llevó al poder hoy parece bajarle el pulgar; manifestando con ello una enorme irresponsabilidad frente al país. En segundo lugar, su más que evidente incapacidad profesional y (hasta) emocional para manejar al país en medio de una crisis política que el país ya arrastraba desde antes del desarrollo de los comicios electorales de este año. Y finalmente, esto también se da por la total falta de principios y de responsabilidad histórica que viene mostrando parte de la oposición, presuntamente “centrista”, que viene pactando con este absoluto caos, en aras de una gobernabilidad que ya hemos demostrado: no existe.

A cambio de intereses propios de mercachifles, y subordinando a ello el rol político que les corresponde en estos tan bajos y tristes momentos para nuestra historia republicana, Acción Popular y Alianza para el Progreso, siguen indefinidos frente a la crisis de desgobierno total que vivimos en el país. La ausencia total de intenciones de enmendar, rectificar, o corregir la línea (o más bien, el garabato) de este desgobierno, es lo que a nuestro juicio configura como incapacidad moral permanente para gobernar. Crisis tienen todos los gobiernos; pero lo que no puede tolerarse, es que no se responda ni una sola palabra al país acerca del fondo de estas crisis, pretendiendo que se dejen pasar sin haber enmendado ninguna de las dudas legítimas de un pueblo que confió en esta autoridad. El pueblo representado -el Congreso- ahora tendrá que decidir si pactará con este gobierno que se hunde, o pondrán por delante a la patria y al Perú.

La moción de vacancia presidencial tendrá los votos para aprobarse, y si aún no ha sido presentada es simplemente porque -a consejo de muchos- la oposición está esperando contar previamente con los 52 votos necesarios. La indagación pública se dará en el hemiciclo. Será necesaria y vital para que el país y las bancadas entiendan al fin qué está pasando en Palacio de Gobierno, que parece hoy convertido en un circo de mala muerte, decadente, y con gracia sólo para aquellos que elegimos reír antes que llorar.