OpiniónLunes, 10 de enero de 2022
La libertad como eje de la lucha política
José Antonio Torres Iriarte
Analista Político

Durante el siglo pasado, el totalitarismo se expresó a través del fascismo, el comunismo y en su forma más degradante, el nacionalsocialismo que tomó el gobierno en Alemania a través del voto popular. En América Latina, frente al imperialismo norteamericano, se organizaron partidos de ‘frente único’ antimperialistas como el APRA, Acción Democrática (Venezuela), Liberación Nacional (Costa Rica) entre otros; que se enfrentaron a dictaduras militares o civiles que en nuestra región impusieron gobiernos autoritarios, que gozaban del respaldo norteamericano.

La lucha por la democracia no ha cesado, en un continente en el que el comunismo internacional siempre alentó a los partidos moscovitas adscritos a la Tercera Internacional, que, siendo minorías en términos electorales, a partir del giro político que tomó la Revolución Cubana organizaron movimientos guerrilleros para la toma del poder por las armas, contando con el asesoramiento militar y logístico de la Habana y Moscú.

Hoy en el siglo XXI, el escenario internacional exige una lectura amplia, para comprender qué representa América Latina en términos geopolíticos para los Estados Unidos, Rusia, la República Popular China o la Unión Europea. El "socialismo del siglo XXI" es la respuesta política e ideológica del marxismo leninismo castrista, ante el ocaso del comunismo ocurrido a partir de la caída del Muro de Berlín y ante las políticas de reformas económicas impulsadas por los organismos financieros internacionales en las últimas décadas.

Las lecciones del pasado pueden resumirse en no endeudarse en exceso, controlar la inflación, no vulnerar los fundamentos macroeconómicos e insertarse mejor en una economía internacional, donde el conocimiento y la innovación priman por encima del valor de las materias primas. En un mundo golpeado por la crisis sanitaria, en el cual es evidente que la reducción de la pobreza sólo es posible en contextos de crecimiento económico, sin embargo, el neomarxismo en todas sus vertientes sigue avanzando a través del voto ciudadano como ha ocurrido en Chile hace poco, o por intermedio de la exclusión de los candidatos de la oposición, como sucedió en los comicios fraudulentos en Nicaragua.

Las nuevas generaciones latinoamericanas deben saber que la lucha por la libertad en América Latina en el siglo pasado tuvo en Haya de la Torre, Rómulo Betancourt, José Figueres o Eliecer Gaitán, personalidades que destacaron e influyeron en más de una generación, teniendo como propósito poner fin a las tiranías en Perú, Venezuela, Costa Rica o Colombia respectivamente; con la voluntad de que era indispensable sentar las bases de gobiernos, sin ningún atisbo de dictadura.

Por otro lado, los partidos comunistas financiados por el Kremlin aspiraban a la toma del poder para imponer la llamada "dictadura del proletariado" y gobiernos de partido único. El Perú libró batallas políticas contra las guerrillas en los años sesenta, contra el terrorismo maoísta de Sendero Luminoso en los años ochenta y ese esfuerzo no puede decaer en la actualidad. No nos engañemos, Pedro Castillo es instrumento de un proyecto político autoritario, con respaldo de los integrantes del Foro de Sao Paulo y del Grupo de Puebla.

Ni Daniel Ortega, ni Nicolás Maduro, ni Pedro Castillo son intelectuales o personalidades surgidas del movimiento universitario o intelectual latinoamericano; por el contrario, son la más clara expresión de la mediocridad; sin embargo, logran imponerse políticamente en base al control de las instituciones tutelares, incluyendo las fuerzas armadas y policiales (Nicaragua y Venezuela). Pedro Castillo es un operador político ávido de poder, sin escrúpulos, que está avanzando poco a poco en la llamada toma del poder.

La lucha por la libertad no tiene fin, siendo indispensable confrontar política e ideológicamente con el neomarxismo, para enseñar a los más jóvenes que la pobreza se reduce y la prosperidad se construye, sin sacrificar la libertad. Ni la comunidad internacional, ni los organismos internacionales tienen un compromiso definido por la democracia; por ello libres de toda injerencia política extranjera, defendamos la libertad, ganando el debate ideológico en los diversos espacios y frentes.