OpiniónViernes, 14 de enero de 2022
Mocos por babas

“Cuando de España, las trabas
en Ayacucho rompimos,
otra cosa más no hicimos
que cambiar mocos por babas.
Nuestras provincias esclavas
quedaron de otra Nación.
Mudamos de condición,
pero sólo fue pasando
del poder de Don Fernando
al poder de Don Simón”.

José Joaquín de Larriva, clérigo, poeta y periodista peruano, es autor de los versos que preceden mi columna. Prácticamente olvidado por sus compatriotas contemporáneos -como casi todo autor en este país de analfabetos-, vale citarlo, aunque sea brevemente, por su fino humor y casi augurio de nuestra desgracia por venir: nos deshicimos de don Fernando (el rey felón) y a cambio sufrimos la tiranía de don Simón, ese venezolano ramplón al que algunos idiotas llaman “Libertador” y que se quiso cobrar la “deuda” por liberarnos con una guerra en 1828.

Larriva no fue un entusiasta de la insurgencia contra la Corona, todo lo contrario, fue un leal servidor del virrey Abascal, ese gigante que batió la revolución que desangraba la América española desde Buenos Aires, Quito, Santiago y Caracas, cuyas élites de usureros y comerciantes pretendían desaparecer tres siglos de civilización en nombre de quimeras afrancesadas. Larriva no mostró simpatía por los insurgentes sino hasta el momento en que más le valía hacerlo para salvar su cuello, que las tropas grancolombianas y los soplones no eran los héroes idílicos de las láminas “Huascarán”, sino viles saqueadores y sicarios. Sus descendientes, armados y en motos, aterrorizan una vez más Lima en el siglo XXI.

La sátira política peruana, de la que Larriva es uno de sus referentes, es una auténtica delicia del periodismo en lengua española, y es que los peruanos hemos aprendido a reírnos de nuestras desgracias antes que perder la cordura y amargarnos la vida por los impresentables que elegimos o permitimos que se designen para ocupar el Ejecutivo, Legislativo y Judicial.

Desde Larriva en “El Cometa” y “El Mercurio Peruano”, pasando por Manuel Atanasio Fuentes en “El Murciélago”, Abraham Valdelomar y sus “crónicas parlamentarias” en el diario “La Prensa”; hasta versiones mucho más gráficas e irreverentes como “Monos y Monadas” de Leónidas Yerovi (y en su segunda etapa por Nicolás Yerovi y Antonio Cisneros) y hasta los más bien vulgares sketches cómicos de “Risas y Salsas” y “El Especial del Humor”, la sátira política, a veces con función crítica, y casi todo el tiempo instrumento de burla y ridiculización, nos recuerda a los peruanos nuestra vocación masoquista de cambiar mocos por babas cada vez que nos llaman al “deber cívico” de legitimar con nuestro voto a la nueva decepción de la que nos reiremos con cada estupidez y delito que cometa. Porque, es mejor reírse que amagarse, ¿no? (No siempre).