OpiniónJueves, 24 de febrero de 2022
La tercera Roma contra el mundo

Se le atribuye a Bismarck, el canciller de hierro, haber dicho que el secreto de la política internacional consistía en hacer un buen trato con Rusia. Y es que el gigante euroasiático, ya sea bajo los Romanov, los soviets o el inefable Vladimir Putin, siempre ha tenido visión de imperio, y jamás renunció a sus pretensiones geopolíticas, sin importar la ideología que asumía el timonel de Kremlin.

Rusia no se ganó la fama de país agresivo y expansionista con los colores de la Unión Soviética. Tampoco fue, como muchas veces se le caricaturiza, una suerte de pantano gélido, plagado de campesinos miserables y aristócratas decadentes sin peso alguno en la política global antes de 1945. Rusia ya era imperio cuando las republiquetas hispanoamericanas se desangraban enarbolando eslóganes pueriles, cuando los confederados y unionistas se disputaban el destino del futuro hēgemṓn del siglo XX y en las colonias anglosajonas se exterminaban a los aborígenes en nombre del progreso. Moscú se consideró así misma la “Tercera Roma” tras la caída de Constantinopla en manos de los otomanos en 1453.

Rusia perdió su estatus de superpotencia al resultar la perdedora de la Guerra Fría, cuando el comunismo agotó su energía vital y la expuso al mundo como un proyecto fracasado frente a la prosperidad del libre mercado. Putin, luego de los vergonzosos años del beodo Yeltsin -la mascota de los Clinton-, y tras no encontrar ninguna posibilidad de que Occidente trate a su país como igual, pasó a la ofensiva, un papel que Rusia siempre tuvo en la historia.

El gigante ruso, que domina el heartland, la “isla mundial”, entiende perfectamente su posición y ventaja geoestratégica, reconoce a sus enemigos y le gusta mostrar los dientes afilados cuando le desafían. Y justamente el desafío de la OTAN, que usa a Kiev como carnada, ha resultado en esta tragedia. La crisis de Ucrania se habría evitado si la OTAN no hubiera insistido en invadir el perímetro de seguridad de la potencia euroasiática.

Agotadas las vías diplomáticas, Putin ha decidido que la invasión militar es el mejor disuasivo contra el bloque atlantista, que al intentar rodearle posicionándose en los países bálticos y eslavos, solo ha despertado la ira de una potencia nuclear que no cree en los discursos políticamente correctos y en la hipocresía liberal.