EditorialDomingo, 1 de mayo de 2022
Esta historia no es nueva

El Perú está en una ruta hacia el populismo de manera acelerada y rampante. Los planes de cerrar el Congreso dados a conocer en un informe durante esta semana, la apuesta por una asamblea constituyente que sólo beneficiaría a Castillo para afianzar su poder impopular, la anarquía total en Las Bambas que produce el 2% del cobre del mundo, los casos de corrupción que se acumulan en los archivos de periódicos, y la persecución judicial de la prensa opositora; son sólo algunas de las muestras de este deterioro institucional que vivimos en el país, a tan sólo nueve meses de que el candidato del sombrero asumiera el cargo de mandatario, prometiendo “no más pobres en un país rico”.

La insatisfacción de los peruanos con el gobierno es generalizada, tanto geográfica como socioeconómicamente; la población rechaza como prioritaria la convocatoria a una asamblea constituyente -es la última en la lista, según Ipsos-, pide luchar contra la corrupción y contra la delincuencia, y apostar por la generación de empleo y la reactivación económica. Lamentablemente, el partido político Perú Libre es una organización sometida a diversas mafias -según la tesis de muchos fiscales que vienen avanzando en ello-, con objetivos muy claros y definidos: lograr conservar el poder a toda costa, instaurar un nuevo régimen económico y político, y lograr copar todas las instituciones.

Existe una diversidad de personas que desde la izquierda han tenido una apreciación bastante complaciente de este proceso. El planteamiento de que Castillo sería una especie de “expresión” de un pueblo desatendido y olvidado que emerge desde las profundidades del país para remecer a un establishment corrupto y mercantilista, es sin duda la justificación de muchos de quienes en segunda vuelta decidieron -en vez de anular su voto-, marcar el lápiz. Inclusive llegan a decir que esta es “la primera vez que la izquierda gobierna el Perú”, algo que hace coro del mismo discurso que propugna Cerrón; diciendo que es la primera vez que “el pueblo gobierna”.

Tras una polémica esta semana durante la presentación del libro “Populistas”, de Carlos Meléndez, en la librería El Virrey de Miraflores, cabe resaltar la actitud crítica que este libro plantea respecto al populismo en el Perú. Pretender justificar el voto de Castillo, haciendo alusión a que esta sería la primera vez que el pueblo gobierna es desconocer de manera palmaria la historia de nuestro país, y directamente caer en la narrativa de estos caudillos populistas, los de turno. En el libro se plantea cómo es que el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas, instaurado por Juan Velasco, destruyó el orden social del interior, facilitando el asentamiento de Sendero Luminoso que prometía restaurarlo.

La Segunda Reforma Agraria, que no supera al mero titular, no es más que una consigna vacía que rememora estos tiempos convulsionados que atrasaron al país 30 años. ¿Cabe afirmar lo que Cerrón plantea, con tantos experimentos populistas que la historia del país lleva acuestas? ¿No es acaso que ya habíamos tenido suficiente? No obstante, Castillo lejos de contar con este espíritu reivindicativo, gobierna directamente a espaldas del clamor popular; sin un norte mayor que el de satisfacer a la cleptocracia del Lápiz. Por ello, nunca mejor citada la frase del propio Karl Marx que recita: "la historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa".

La ineficiencia del estado justifica en buena medida el descontento popular, pero como hoy queda claro -previsible para quien lee entre los intrincados renglones de la Historia-, esta realidad sólo fue el trampolín al poder de un grupo de delincuentes. La revolución de Velasco subió la pobreza de 35 a 42%, la pobreza extrema de 15 a 18%, redujo el salario privado real en 22%, el sueldo mínimo en 45%, multiplicó los aranceles en 10 veces, la inflación por 13, y la deuda pública se triplicó, según datos del Instituto Peruano de Economía. Él decía encarnar al pueblo. Por ello, somos una vez más objeto de estudio de la sentencia de Ruiz de Santayana: “quien olvida su historia está condenado a repetirla”.