OpiniónMiércoles, 18 de mayo de 2022
¿Antifujimorismo o fujimorismo de izquierda?, por Raúl Labarthe
Raúl Labarthe
Analista e investigador económico

Hace un año decidí empezar a exponerme públicamente para defender al país de lo que era una evidente amenaza contra la democracia. Muy lejos de como algunos centristas confundidos repiten, y quienes hoy expían sus culpas por haber levantado las banderas del odio contra Keiko Fujimori, este desastre era absolutamente previsible. Perú Libre es un partido que ya había producido el rechazo de los cuadros más sensatos de la izquierda: Marisa Glave, Indira Huilca o Richard Arce, quienes, en los albores de la campaña del 2020, renunciaron ante la decisión de Verónika Mendoza de consolidar una alianza con Vladimir Cerrón, ¿No era este un indicio suficiente para prever que Castillo era un voto antidemocrático?

Es comprensible que, para muchos en el Perú, votar por la hija de Alberto Fujimori, no sea un voto democrático. Ciertamente, Fujimori no fue un demócrata; fue un hombre que decidió que el fin justificaba los medios con tal de acabar con el lastre terrorista, la crisis económica y la hiperinflación, ante el fracaso de los partidos tradicionales. Es decir: en hacer lo que dictaba “el pueblo”. Tuvo méritos sin duda, en esta decisión; pero también vergüenzas. Sin embargo, la Constitución del 93 fue una obra que trascendió a su gestión, y que emerge en su origen del consenso de los partidos democráticos del momento, incluyendo a varios de izquierda como el Movimiento Democrático de Izquierda o el Frente Nacional de Trabajadores y Campesinos.

No faltará quien diga que la izquierda en su totalidad no participó de este proceso, y que por ello la Constitución del 93 no es legítima. Cabría preguntar, ¿y por qué no lo hizo? Tal vez será -digo yo-, porque estaban muy ocupados intentando tomar el poder por las armas. La democracia para ellos no era más que una burda superestructura burguesa que había que derribar. En segundo lugar, en una coyuntura política donde la facción más ‘mediática’ de la izquierda colgaba perros de los postes y ponía coches bomba, difícilmente aquellos que profesaban ideologías de izquierda tuviesen mucho apoyo del electorado. La izquierda que no participó, no lo hizo porque no era democrática dos décadas antes de que Fujimori entrara al poder; por ello, no tienen derecho a decir que fueron excluidos. Se autoexcluyeron.

Tras la caída del régimen de Alberto Fujimori, realizamos cinco procesos electorales y vamos contando 22 años de democracia; fue en el 2019 que superamos el récord del periodo más largo que nuestro país ha tenido sin golpes de estado: 18 años, 4 meses y 25 días, algo que sólo ocurrió hace prácticamente un siglo, desde la elección de Nicolás de Piérola en 1895 hasta el golpe de Benavides en 1914. La firma de Alberto fue retirada de la Constitución del 93 en diciembre del 2001, y en adelante hemos creado una tradición constitucional que ha permitido -con idas y venidas- el bosquejo de un estado de derecho en el Perú. Hay mucho por mejorar, pero al menos, los tiempos de los generalotes que gobernaban para su camarilla parecían haberse acabado.

Es un enorme error creer que el llegar al poder por las urnas es condición suficiente para considerar a un gobernante como demócrata. Mucha de la narrativa de la izquierda desvergonzada y del centrista aturdido gira en torno a este supuesto: el “clamor popular” que colocó a Castillo en el poder estaría escrito en piedra, y por ello, cualquiera que vaya contra este atenta contra la democracia. Cuidado. ¿Fue Fujimori entonces un demócrata? ¿Había que aplaudirlo en los 90s? Él también fue elegido por las urnas y cerró un congreso con el aplauso de las mayorías. Todo el edificio del antifujimorismo, que ha colocado a este gobierno corrupto, ineficaz y autoritario en el poder; se sostiene sobre la premisa de que Fujimori fue un dictador, por hacer precisamente lo que hoy Cerrón busca. Son fujimoristas de izquierda.

¿La diferencia? Fujimori obtuvo poder a cambio de seguridad, de reformas económicas, de controlar la inflación, y de poner al país en marcha. En cambio, Cerrón y Castillo quieren el poder absoluto -a través de una asamblea constituyente-, a cambio de nada; o mejor dicho, a cambio de corrupción, de tiranía, de incapacidad, de nepotismo, de todo lo que representa este gobierno; que no es más que lo que Perú Libre ya había hecho en todos los gobiernos regionales que cooptó. Destruir la democracia a cambio de un gobierno efectista que resuelva los problemas ‘por las malas’, es moralmente reprochable; pero destruir la democracia a cambio de que un conjunto de delincuentes haga de las suyas a costa de todos, es simplemente estúpido.

Ha valido la pena saber que lo di todo por evitar que estos personajes destruyeran el país. Mi conciencia está tranquila. Quitándole el óxido a mi rol de columnista, de francotirador impertinente, quisiera agradecer a todas las personas que han respaldado mi trabajo como director de este medio, y que me han mostrado su apoyo en los últimos meses. A todos ellos les agradezco. Pero lamentablemente, a veces, el odio irracional de un pueblo debe rendir sus podridos frutos para aprender ciertas lecciones. Antes de atribuir esto enteramente a un factor socioeconómico, no olvidemos que los votantes de Castillo también son de los distritos más pudientes de país: Jesús María (25%), La Molina (21%), Surco (18%), San Borja (16%), Miraflores (15%) y San Isidro (12%). Asuman a su hijo.