OpiniónMiércoles, 15 de junio de 2022
El epitafio del bicentenario, por Raúl Labarthe
Raúl Labarthe
Analista e investigador económico

Pareciera que hemos llegado a un punto muerto para quienes decidimos ser oposición a Pedro Castillo, a casi un año de asumir el cargo de presidente del Perú; un sujeto que aceptó ser nombrado presidente del comité de lucha por el Movadef, para dirigir la huelga de maestros en el 2017. Sólo este hecho, públicamente conocido desde la primera vuelta electoral, debió bastar para decirle que no a Perú Libre. Un gobierno que no sólo ha demostrado estar plagado de radicales, con personajes vinculados a Sendero Luminoso, como Íber Maraví, o al sanguinario grupo guerrillero Ejército de Liberación Nacional, como Héctor Béjar; sino que además ha comprobado empíricamente que la izquierda radical no tiene un ápice de integridad moral para criticar a la derecha por ser la presunta representante de la corrupción. El nivel de corrupción está muy por encima de cualquier gobierno desde el retorno a la democracia.

Lejos de avergonzarnos porque se nos hayan cerrado las puertas a la clasificatoria de Qatar 2022, lo que sí representa una verdadera vergüenza nacional es que hasta estas fechas siga en el cargo un presidente como Castillo, cuyo entorno cercano no deja de ocupar las portadas de los principales diarios nacionales por evadir sus cuentas pendientes con la justicia. Juan Silva se une al podio de los clasificados a este notable grupo de prófugos, junto al sobrino de Castillo y a su exsecretario general. Pacheco tiene el descaro de seguir alentando a la selección, desde la clandestinidad, a través de su cuenta de Twitter. Mientras tanto, el Congreso se la lleva fácil al haber tranquilizado a la población diciéndoles básicamente que: “¿qué le vamos a hacer, si no hay los votos?”, dejándonos en una situación en la que ellos no pierden nada, mientras el país se empobrece. A 1.3 millones de peruanos no les alcanza para comer, según Apoyo Consultoría.

¿Qué está pasando? Aquí lo que hace falta es una posición fuerte y crítica contra todo el establishment político, quien ha demostrado que ante todo está su cuota de poder y la captura de los recursos públicos que el sistema corrupto de partidos políticos les permite. Esta posición no puede venir desde la partidocracia que impera en el Congreso, sino desde la ciudadanía; liderada por todas aquellas personas que consideren que la corrupción no tiene otra ideología más que el odio al Perú. Las elecciones municipales y regionales parecen constituir el principal interés de los partidos políticos en este momento, quienes fungen de vientres de alquiler con el exclusivo objetivo de capturar los 83 mil millones de soles al año —38% del presupuesto público— que se juegan en octubre de este año. Una vacancia es mala prensa para sus intereses. Entre tanto, este gobierno incapaz, que recibió al país con 26% de pobreza, la dejará en 30% al final de este año, según las últimas proyecciones.

“No más pobres en un país rico” será el epitafio del bicentenario de nuestra república. Una frase para el escarnio histórico, de una sociedad que parece no cansarse en su actitud rendida ante el aplauso iluso y fácil, dispuesta siempre a entregarse a cualquier mercachifle del momento que esté dispuesto a decirles lo que quieren escuchar. Ipsos Apoyo publicó recientemente que a un 34% de los peruanos no les interesa la política; bien haríamos en levantar esta absurda multa electoral. Dejar de cobrarla sería la inversión impositiva más rentable de la historia de la administración pública peruana. Es cierto que el descontento ante la oferta política es comprensible, y hace falta una reforma profunda del sistema político que podría mejorar la representatividad; pero nada justifica el haber elegido a la peor opción posible. Tenemos lo que nos merecemos.