EditorialDomingo, 19 de junio de 2022
Editorial: Pedro y el lobo

Pedro Castillo ha seguido con la ya común posición que se fue instalada por algunos de sus predecesores en Palacio de Gobierno: encontrar una manera de hacer al Congreso responsable de todos los problemas del país. Durante el quinquenio pasado PPK y la inmensa bancada de Fuerza Popular iniciaron esta confrontación. Y durante el gobierno postizo de Martín Vizcarra la agudización de esta contradicción -diseñada por el argentino Aguiar y aplaudida por la prensa guaripolera- llegó a un punto sin precedentes. El desenlace fue el cierre del Congreso por parte de Vizcarra. Hoy, con todo lo anterior fresco, un sector de la prensa se esfuerza por enfilar sus baterías contra el legislativo nuevamente.

El diario La República -diario que promovió la elección de Pedro Castillo el año pasado- publica con curiosa frecuencia en su portada los resultados de encuestas que muestran la poca aprobación que tiene el Congreso. Esto, naturalmente, es luego difundido con entusiasmo en redes por los portavoces de la dignidad. Así, se ha llegado al extremo de considerar válida una narrativa que habla de una “dictadura congresal”. Bajo cualquier óptica, el término resulta hiperbólico, exagerado y falaz. Pero no importa: esta parece ser la forma en la que quienes apoyaron a Castillo buscan ser menos responsables de la debacle nacional que su posición ha generado. “La culpa también es del Congreso”, señalan.

La culpa no es del Congreso, apreciados lectores. No pretendemos decir que el poder legislativo esté integrado por las mentes más agudas del país, ni mucho menos. Pero el Congreso es un ente político cuya naturaleza lo hace siempre impopular. Y no hablamos solo en el sentido figurado: la forma en cómo se elige garantiza que su aprobación sea desde el momento de su renovación -cada quinquenio- problemática. Nos explicamos: el Congreso en el Perú no es elegido proporcionalmente a la cantidad de habitantes de las áreas que representa. Por ejemplo: uno de cada tres peruanos vive en Lima, sin embargo, Lima solo está representada por 35 congresistas de los 130 que hay.

Lo mismo pasa, en menor medida, con otras regiones del país. Si bien la decisión de volver a la bicameralidad podría ayudar a aliviar esta disonancia, es fundamental entender que, cuando se somete a una encuesta la aprobación del legislativo, se debe partir de la premisa de que la gente no está estadísticamente representada de la misma forma en cómo el instrumento que la encuesta usa está formulado. Así ha sido siempre en el Perú. Con esta nota editorial no pretendemos exculpar al Congreso de sus errores, pero queremos llamar la atención de algo que nos parece innegable: el juego narrativo con el que se pretende equiparar el daño que hoy por hoy el Ejecutivo y el Congreso hacen.

Para Pedro, el Congreso no es el lobo. El lobo es su propia incapacidad.