OpiniónLunes, 20 de junio de 2022
Cae Colombia, por Raúl Labarthe
Raúl Labarthe
Analista e investigador económico

“Colombia tiene que emitir. Es decir, un crédito del Banco de la República al estado colombiano”, proponía el entonces senador Gustavo Petro en enero del 2021, como fenomenal alternativa para combatir la pobreza que, en nuestros países hispanoamericanos, causaron las cuarentenas cavernícolas recomendadas por la Organización Mundial de la Salud. El día de ayer, Petro logró la victoria electoral en segunda vuelta, y se proclamó con ello presidente de nuestro país vecino, con el apoyo del 50.7% de los electores (al 94.57% de escrutinio de actas). Con ello, se convierte en el primer presidente de izquierda en asumir este cargo en Colombia; aunque como es propio del fundamentalismo socialista, el día que las cosas vayan mal -y con estas ideas, las probabilidades son altas-, no debe de extrañarnos que sea ipso facto calificado de “ultraderechista” por sus propias filas, como en la actualidad sucede con quienes hace sólo 11 meses llamaron a votar por Pedro Castillo.

Este paso marca un tanto más en favor de la gran ola socialista que avanza por sobre nuestra región, y que nos deja con un mapa pintado de rojo, y con muchas interrogantes, ¿es un error de la derecha? ¿es la culpa del pueblo? ¿qué está pasando? En términos reales, el PBI per cápita colombiano creció un 2.4% al año, entre 1999 y 2019; el doble de lo que creció Estados Unidos durante ese tiempo, y cuatro veces más que Argentina y México; muy similar al ritmo de crecimiento de Chile, otro país que sucumbió ante la vorágine populista. La pobreza cayó del 86% al 36% entre 1997 y 2017. La violencia se redujo drásticamente y las condiciones sociales mejoraron de manera muy importante. En 2018 se convirtió en socio global de la OTAN y en 2020 ingresó a la OECD. En definitiva, la historia económica y política de Colombia, ha sido tan o más exitosa que la del Perú en los últimos años, mostrando de modo empírico y concreto las bondades del libre mercado.

¿Por qué un país que ha seguido políticas económicas que marcaron un caso de éxito, y que ha sufrido las terribles consecuencias de la violencia de la guerrilla, decidió ponerse en la lamentable situación de elegir entre un exmilitante del M-19 y el grosero narcisista y presunto outsider, Rodolfo Hernández? La respuesta consiste en un factor compuesto. En primer lugar, el desprestigio de todo el establishment político colombiano. El accidentado paso por la presidencia del político tradicional, Iván Duque, a través del mal manejo de las enormes revueltas sociales entre 2019 y 2021, dinamitó su popularidad y cerró su mandato con sólo el 24% de apoyo. A la ralentización económica de los últimos años, se suma la pandemia que elevó la pobreza hasta el 42%. Y si bien Colombia ha logrado incrementar en 3% el producto interior respecto al nivel prepandemia, el empleo aún no se ha recuperado. La crisis migratoria y el aumento de la violencia también es un factor clave.

Además de creer que la riqueza puede fabricarse con ficciones monetarias, repartiendo pedazos de papel a los pobres, el nuevo presidente colombiano llegó a declarar en The New York Times que: “el M-19 nació en armas para construir una democracia”, justificando la violencia del grupo guerrillero al que perteneció en su juventud. Petro a la cabeza de Colombia, un país que representó un bastión en la lucha contra el Socialismo del Siglo XXI en la región, marca una derrota más en la lucha por la libertad y la prosperidad de Hispanoamérica, que transita sus tiempos más oscuros en lo que va del siglo. A diferencia de la última vez que la izquierda estuvo en auge en la región, hoy no existen altos precios de materias primas; por el contrario, el entorno internacional es muy negativo. Y ya sabemos que pretender resolver una crisis económica con socialismo, es como querer apagar un incendio con napalm. En fin. Que Dios los ayude.