OpiniónLunes, 19 de septiembre de 2022
La derrota electoral, por Tony Tafur
Tony Tafur
Periodista de El Reporte

El contorneo, como expresión auténtica de nuestra política, ha escalofriado una vez más a los que presagiaron ingenuamente una mejora para las elecciones regionales y municipales. Las encuestas incluso, con Urresti, Aliaga y Forsyth a la cabeza a poco de la recta final, nos han enrostrado una realidad, además de aborrecible, inalterable. Candidatos intercambiando calificativos de bajo fondo como “burro” o “cerdo”. Un postulante simulando simpatía con grupos suburbanos —como los otaku—, apelando a la fotogenia y maniobrando palabras robóticas cuando la prensa lo escudriña. También están los aspirantes a un cargo público con investigaciones judiciales en curso o sentencias acumuladas. Un tanto de improvisación, inexperiencia, mucho circo y pan a medias. Abreviemos la lista al desmoralizador “etcétera”. Después de la última experiencia presidencial-congresal, la ruleta vuelve a girar.

Como si hubiéramos caído en la popperiana idea de que la búsqueda de la verdad —en este caso connotando al que debe abarcar todo sobre un determinado político— es un ejercicio sin fecha de expiración, interminable, se observa a un electorado exageradamente transigente, como si ya no hubiera un norte y como si solo nos quedara adaptarnos. Ahí vemos la comparsa, el esnobismo, los regalos innecesarios, la zalamería. En esta tragicomedia no sabemos cuál será el número final de la campaña: usar a alguien con síndrome de Eróstrato —esos que hacen cualquier cosa por popularidad—y tal vez lanzarse de alguna torre con una gran mensaje proselitista. Con la existencia de La Resistencia, se puede esperar cualquier cosa.

La retorcida vocación política, de encandilar —ahí vemos todos los frentes, que anteponen sus teorías o su idealismo antes de materializar salidas concretas, no experimentales— y perpetuar la corrupción —ahí vemos a Odebrecht—, está siendo sostenida por nuestra flexibilidad como ciudadanos. ¿Cuál es el límite? Como diría José Ortega y Gasset: “Peor que tener una enfermedad es ser una enfermedad”.

Esto lo estamos viviendo también en el plano político a gran escala cuando vemos que las investigaciones judiciales pasan a un segundo plano. La vida sigue su curso y nos convertimos en la representación genuina, aunque resulte inverosímil por todos los insumos en nuestras narices, de un país adormecido.

No exigiendo una regulación electoral para tener un mejor abanico de opciones ni patrocinando conscientemente desde las urnas el futuro político solo demostramos que hemos alcanzado otro nivel de deshumanización. Esto puede se tan peligroso como un acto criminal; puede destruir tanto como un movimiento telúrico. Ya una vez esta indiferencia, conformismo, distancia, como quieran llamarle, le allanó el camino a los grupos terroristas como Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru. La pasión ideológica sabe cómo convertir este escenario en tierra fértil para sus objetivos. ¿Entonces? ¿Salimos del letargo? ¿o la ruleta volverá a dar vuelta en un posible adelanto de elecciones?

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