OpiniónMiércoles, 21 de septiembre de 2022
El Congreso: Lastre y retos, por Gonzalo Bussalleu y Gerardo Zárate
Gonzalo Bussalleu
Analista Político

¿Cuál es la institución (“buena” o “mala”, eso es lo de menos para responder la pregunta) que más nos representa? El Congreso de la República.

Los integrantes del Congreso (“congresistas”), son elegidos directamente por la elección popular. No así los Jueces, ni los ministros de Estado. Tampoco los que denominaremos los Altos funcionarios de las Administraciones Públicas (miembros del BCR, Superintendencias, SUNAT, etc.).

A ello se suma que, si bien teóricamente ejercen el Poder Legislativo, lo cierto es que dicha función se encuentra casi monopolizada por el Gobierno (Poder Ejecutivo), sea directamente (a través de normas de rango inferior a la Ley, pero muchas veces con mayor importancia práctica), por vía reglamentaria (hecha la Ley, hecha la trampa), en uso de su facultad legislativa directa, positiva (presentación de proyectos de ley) o negativa (observando las Leyes y, ejerciendo presión por medio de asesores de Administraciones Públicas o la Administración Central).

Por otra parte, si bien teóricamente tienen autonomía presupuestaria, además de las presiones por disminuir gastos (a veces justificado por los entusiastas impulsos de hacer clientelismo vía contratación directa e indirecta), la aprobación de los Presupuestos Generales, si bien es una tarea ardua, tampoco permiten al Congreso mayor uso de recursos públicos.

Evidentemente, el Congreso no ejerce el Poder Ejecutivo. No puede ni debe inmiscuirse en la tarea de las diferentes Administraciones.

Sin tecnicismos y sin ser estrictos, el Congreso ejerce algunas facultades jurisdiccionales (antejuicio, levantamiento de inmunidad, facultades disciplinarias a los congresistas), de elección de algunos Altos funcionarios y de fiscalización, así como de control, aunque en la practica cada vez menos (parcelas en las cuales compite con la Fiscalía, los Jueces, la Policía, los periodistas, entre otros).

Entonces, ¿para qué sirve el Congreso?

Hay dos respuestas. La primera (real, práctica y constante desde 1991) es instrumentalizarlo como medio para lograr una legitimidad – popularidad rápida y barata. Merecida o no, las campañas contra el Congreso son efectivas. Solo hay que contrastar las necesidades de la población y señalar que estas no pueden solucionarse por los congresistas, que estos son unos pervertidos sin preparación alguna, muchas veces corruptos y hartamente incompetentes, pues tienen en sus manos solucionar los problemas con las Leyes y no hacen nada.

La otra respuesta, también práctica, es que el Congreso es un plató, un escenario mediático al alcance de todos. Por ser un colectivo numeroso, cada uno de ellos, su bancada y la institución en su conjunto son accesibles, abordables, tanto para los individuos como para colectivos y, en general, grupos de presión. Asimismo, los medios de comunicación tienen una facilidad inmensa (favorecida por los congresistas, sus grupos y la institución) para acceder a ellos, inquirirles sobre su conducta o sobre la de otros actores públicos y que acción van a tomar frente a ello.

Es un escenario al que podemos acceder todos, con actores que elegimos y, por ende, cumplen una función representativa (de baja calidad, dicho sea de paso) y, cuando se atreven, de control y fiscalización (en el fondo, de exposición pública mediante la prensa, que fuerza su procesamiento).

Si los elegimos, ¿tenemos la culpa de su baja calidad de conjunto (otra cosa es el análisis individual de cada uno de ello)?

No. Existen muchas causas. Pero las principales son institucionales. Los partidos políticos deben encargarse de (1) reclutarlos y (2) formarlos (3) para, a través de las elecciones, (4) contribuir a la agenda pública real y (5) participar en la asignación de recursos (6) de manera eficiente.

Si tengo que elegir entre el malo y el más malo, mi elección difícilmente será buena, salvo las excepciones producto del error estadístico.

Pero, además, determinados personajes como Vizcarra contribuyeron a debilitar más la institución: Cualquiera puede ser congresista, literalmente. Y aprender la labor de congresista, lleva tiempo para ser realizada con cierta eficiencia (tener un equipo de congresista y bancada que conozcan los procedimientos y usar su poder). Pero, supuestamente, para evitar que se beneficien (¿?) del cargo, se prohibió su reelección.

Con esa medida, se prohíbe a la población que vote por un candidato. Y los nuevos congresistas tendrán que realizar el aprendizaje de cero, lo cual, amigos, beneficia y mucho a quien puede ser expuesto y controlado: El Gobierno, quien es el que emite normas y debe solucionar los problemas de la gente.

Asimismo, lleno de requisitos la conformación de un partido político, con la excusa de fortalecerlos. Con ello, dificulto a los ciudadanos constituir nuevos partidos, acceder al Congreso (hay que exponerse públicamente con todo su patrimonio, es excesivamente formal, rígido y estricto con muchos, pero con otros no). Con ello, permito que los que tienen lemas electorales inscritos, tengan el monopolio; y, por si fuera poco, permito la corrupción ab initio.

¿Este Congreso tiene un bajo nivel, qué hacemos para elevarlo?

El congresista debe tener una demarcación territorial clara a la cual rendir cuentas constantemente. Por ello, una medida es crear demarcaciones electorales que elijan uno o dos congresistas como máximo. Ello, además, forzará a los partidos a unirse, a buscar los mejores, una campaña más prístina (tengo que ser claro y concreto ante unos electores más determinados) y tendera hacia el bipartidismo, dando estabilidad al sistema.

Por otro lado, para que esa función representativa sea eficiente, debe a la vez reforzarse con procesos electorales continuos, para ser evaluados, por lo cual, el mandato debería reducirse a tres años, con reelección indefinida: Así, los electores podrán evaluar y requerir a sus congresistas de forma permanente.

Y, finalmente, ese Congreso debería poder elegir al jefe de Gobierno: de esta manera, este tendrá una mayoría congresal por un período de tres años, y los electores podrán acceder algo mejor, a través de sus representantes, a quienes emiten las normas y tienen en sus manos el presupuesto, la ejecución y la agenda pública real.

Los dejamos con un tema para un debate de miércoles, ¿podría elegirse, además, un número simbólico de congresistas al azar? ¿Con plenos derechos o con voz, pero sin voto (o solo que pudieran ejercerlo en determinas ocasiones)?

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